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Aprendiendo con preguntas

By 2 diciembre, 2019 No Comments

Hal

Ella tenía algo como cuatro años y un par de meses y estaba un poco adelantada al promedio de su edad, pues todo lo cuestionaba y lo volvía a preguntar, porque quería aprender con gran avidez.

Su mamá le contó que se aproximaba el día de Halloween, lo que inmediatamente provocó que ella le preguntara qué era eso.

Sus padres habían decidido hablarle desde muy pequeña como a una adulta, pues les cargaba eso de decir todo en chiquitito como si ella no fuera a entender nada, y creían que poco a poco entendería, pero que para eso, debían entregarle un máximo de información.

Por lo tanto, su mamá le explicó que Halloween era una fiesta con una tradición pagana, que venía desde la época de los Celtas, dedicada a celebrar la memoria de los muertos y santos (hallows), y de todos aquellos que partieron, y que se realiza en la noche del 31 de octubre de cada año.

Antes que ella tuviera tiempo de hacer miles de preguntas sobre qué eran los Celtas, los santos, octubre, o un año, su mamá se adelantó y le dijo que era una época muy divertida para los niños y niñas.

Entonces, ella le preguntó por qué era divertido y la mamá le respondió que los niños salían disfrazados asustando a las personas y pidiendo dulces, y que si estas no les daban, los niños y niñas les hacían algún tipo de travesura.

Entonces, ella le comentó a la mamá que no entendía por qué simplemente no le daban de una vez los dulces y así se evitaban las travesuras. O mejor, simplemente que los papás les compraran los dulces a los niños y niñas, y de esa manera, todos felices.

La mamá le explicó que eso no tendría ninguna gracia y que así no era la tradición de Halloween.

Por supuesto vino la pregunta de qué era “tradición” y después de la respuesta, vino la insistencia, ahora a su papá, de por qué él simplemente no le regalaba los dulces y, así ella mantendría la tradición comiéndolos calladita.

Tenía dos hermanos mayores que, en general, eran bien pesados con ella y que estaban siempre molestándola, pero como era súper buena, eso no la afectaba para nada.

Ellos eran pesados, pues en el fondo tenían celos de lo bondadosa, cálida y cariñosa que era con todo el mundo, cosa que se notaba enseguida al hablarle, y que además tenía enamorados a sus papás.

Ella no podía captar eso de los celos, pues algo tenía que siempre buscaba lo bueno, lo empático, lo solidario de los otros, así como entendía de forma inmediata y natural cuál era el trasfondo, a pesar de su edad.

Su mamá, que la conocía muy bien, no quería hablarle mucho más de Halloween, pues como era obsesiva –mal de familia, pensó ella (y no de la mía, claro)–, era mejor esperar unos días para contarle más anécdotas o historias, por temor a que ella la volviera loca con tantas preguntas.

Por supuesto, todos los días ella le preguntaba a su mamá qué era tal o cual cosa, pues en el colegio sus compañeros también hablaban sobre Halloween.

Un par de días antes de la noche de Halloween, su papá le contó la historia de la “Gran Calabaza”, que le había relatado su abuelo, y que no era claro que existiera, pues solo salía en un cartoon de Charlie Brown, pero que se le había hecho real desde que supo de ella.

De acuerdo a Linus, el amigo de Charlie Brown, la “Gran Calabaza” vuela por el mundo (como Santa Claus) regalando juguetes a los niños que “realmente” creen en la noche de Halloween, es decir, en la celebración de aquellas personas que han partido.

Cuando ella escuchó esa historia, vino lo que claramente todos temían… ¡¿Cuál sería ahora su obsesión máxima?!

Entonces ella empezó a preguntar qué es eso de creer realmente y cómo una calabaza puede volar, cómo podrá medir el grado de cuánto creen las personas, a qué horas aparecería, si se presentaría, si después se quedaría a compartir, cómo lograría dar la vuelta al mundo, qué tipo de combustible usaba, y así, con miles de preguntas más.

Su mamá –siempre pragmática e intentando que no vinieran más preguntas–, le dijo que no se preocupara con ese tipo de cosas, siempre y cuando ella se portara bien.

Claramente eso generó más preguntas, como quién decidiría si ella lo había hecho bien o mal, o si algunas veces el bien podría ser el mal o al revés, y si no había algo intermedio… Las preguntas acerca de la “Gran Calabaza” siguieron en aumento y, por supuesto, qué era realmente Halloween.

Después vinieron las preguntas sobre los monstruos y si ellos tenían sentimientos y no se sentían tristes de que todos les tuvieran miedo, o si eran realmente malos como para tenerles miedo.

Sus papás ya no sabían qué decirle para no motivar más preguntas. Entonces se les ocurrió darle la responsabilidad de las respuestas a ella, para que decidiera cómo quería que fueran, a lo que ella simplemente les dijo que les hacía esas preguntas pues creía que los adultos debían enseñar a los niños y que no le parecía que ahora evadieran eso.

Y vinieron preguntas de cómo veían ellos la forma de educarla a ella y a sus hermanos, tan diferentes, les dijo.

El tema del disfraz fue también complejo, pues ella quería salir vestida de sí misma, pues no quería asustar a nadie, diciendo que lograría asustar a los otros, tal como era ella, a lo que la mamá se opuso, pues ese no era el espíritu del día.

Ahí vinieron las preguntas sobre qué era espíritu y por qué ella le había hablado del “día”, si se llamaba la “noche” de Halloween.

Decidieron entonces que se vestiría de Gran Calabaza, pues seguía con el tema del disfraz y era lo único que ahora le importaba.

Finalmente, llegó la noche de Halloween y ella estaba muy ansiosa por salir a recolectar dulces y ver cómo estaban disfrazados los demás, a pesar de que tenía muchas dudas sobre las intenciones de cada disfraz.

Ella y sus hermanos aún no salían, y ya habían empezado a pasar por su casa algunos niños buscando dulces, cuando le llamó mucho la atención un niño disfrazado de ogro y otro de caballo.

Decidió salir detrás de su mamá, quien estaba regalando los dulces, y ella le preguntó al niño de caballo por qué estaba vestido así. Este le respondió que se debía a que sus papás tenían ese disfraz hace años y no tenían dinero para comprar otro diferente.

Entonces ella no supo por qué, pero aparte de los dulces que su mamá les había dado, le dijo al niño con disfraz de caballo que la esperara y que ella volvería de inmediato.

Entonces regresó y le pasó al niño con el disfraz de caballo lo que para ella era de más valor, y le dijo:

– Si te pones el disfraz de Gran Calabaza y lo llevas contigo toda esta noche, aparte de muchos dulces, tus papás tendrán mucho dinero y el próximo Halloween podrás asustar a mucha más gente.

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