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Dónde anclo mi barco. Parte 1

By 3 septiembre, 2020 No Comments

Probablemente usted tiene claro que la utilización más genérica de la palabra “ancla” está asociada a una pieza de metal, típicamente de hierro, de gran peso, conformada por una barra inferior torcida en forma de letra “C” (cruz y brazos), con ganchos hacia arriba en sus puntas extremas (uña y mapa), forjada de manera perpendicular a una barra también de hierro (caña), la cual está conectada a una gruesa cadena que va sujeta en la proa de un barco, y a veces también en la popa.

La función del ancla es asegurar la embarcación cuando esta se detiene en un puerto o zona específica. Para ello es necesario lanzarla desde la proa hacia el agua, o hacia un lugar firme, de modo que el barco se mueva solo en función de lo que permite el ancla. Esta acción le entrega estabilidad al barco frente al movimiento de las olas y las mareas, impidiendo que choque contra un muelle o rocas, o que sea arrastrado por las corrientes.

A partir de esta noción han surgido nuevos usos para otros conceptos en distintas disciplinas. Por ejemplo, el concepto de anclaje estructural en el ámbito de la construcción. O también el que es motivo de este análisis, que relaciona anclas y anclajes con las disciplinas de la PNL, mentoring e hipnosis, y se extiende incluso a la comunicación y las conductas que establecemos en el día a día.

Si consideramos el significado de ancla usado por Bandler & Grinder, podemos decir que está asociado a los conceptos de mar u océano y barco. Por lo tanto, podríamos interpretar esta metáfora como si la persona fuera un barco navegando en este mar u océano que es la vida, que cuando se ve enfrentada a las múltiples vicisitudes e imponderables del oleaje, del clima y demás factores marítimos, y necesita “estabilidad”, puede obtenerla echando mano a las anclas y al anclaje.

Si llevamos este concepto de anclas al mundo de la PNL, del coaching y de la hipnosis, es claro que Bandler y Grinder se refieren a darle estabilidad a un estado interno de la persona, entregado por algún elemento que gatillará ese cambio de estado.

Seguramente usted conoce una buena cantidad de elementos externos que muchas personas emplean con el propósito de generar cambios de estados, tales como amuletos, rosarios, fotos, o talismanes. Y así como existen estos, también podemos alegrarnos de que tenemos un sinfín de representaciones internas, ya sea en nuestra mente consciente y/o inconsciente, que pueden ser de gran utilidad para cambiar estados.

Me gustaría hacer notar que la idea esencial de las anclas proviene desde las denominadas “Claves post-hipnóticas” que se emplean en Hipnosis Clásica. Estas fueron detectadas en el modelaje que le hicieron Bandler y Grinder a Milton Erickson, padre de la Hipnoterapia contemporánea, que las utilizaba como elementos de sugestión post-hipnótica para asegurarse que funcionaran como un “gatillo que disparara” un nuevo comportamiento. El propósito era retrotraer al paciente el trance existente durante la sesión de hipnosis, para que lo experimentado en la terapia fuese vivido en su propio contexto y así producir el cambio de comportamiento, conducta, o actitud, que era motivo de la consulta.

La diferencia entre las “Claves post-hipnóticas” y las anclas es que las primeras están supeditadas a retrotraer un resultado específico de cambio deseado, que se da durante la sesión de hipnosis, con la finalidad de que este cambio surja, se active y se haga presente en un contexto preciso donde lo requiere el paciente. Mientras las anclas, como lo veremos a lo largo de este artículo, son generalizadas a muchos contextos para dar estabilidad.

Además, para Bandler & Grinder, las anclas sirven como puntos de referencia para distintos estados internos correlacionados con experiencias de variada índole, sin la necesidad de que exista un estado de trance para que se establezca. Aunque tal afirmación no tiene mucho sentido, pues Milton Erickson consideraba que todo estado de una persona correspondía a “trance”.

Así, en la Programación Neurolingüística un ancla es la asociación interna, hecha por una persona en ciertas situaciones, con elementos externos, como por ejemplo sonidos, imágenes, gustos, aromas, sensaciones, palabras.

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