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Dónde anclo mi barco. Parte 3

By 23 septiembre, 2020 No Comments

Es cierto que en PNL se asume que existe un momento óptimo para el anclaje y también es muy común que se empleen anclas kinestésicas, aparte de la voz. En hipnosis, por lo general, las anclas son netamente verbales y no existe un punto de anclaje en especial. También se emplea la repetición de una palabra (hipnosis clásica) bajo un aspecto simbólico conectado con emociones para que el ancla tenga efectividad. Y en coaching, las anclas son usadas con el propósito de recordar una acción necesaria y una toma de decisiones que debe hacerse de esa manera para ayudar en los cambios de estados internos emocionales.

Las anclas también se puedan dar de una forma muy natural, y ser activadas inadvertidamente por otra persona, solamente por un cambio tonal, un gesto inusual o una palabra, que se conectan con alguna experiencia. Ellas pueden reactivar procesos con la asociación entre distintas experiencias y establecer un foco de conciencia que trae reacciones cognitivas relacionadas al conocimiento y a nuevos estados internos que son más propicios para el contexto donde se encuentra la persona. Así, las anclas en estos nuevos contextos facilitarán nuevos significados y con ello, la transferencia de aprendizajes permitirá nuevas conductas y actitudes.

Pero el establecimiento de algún ancla en especial también puede verse limitado por la existencia de creencias. Resulta que, independiente de la transferencia de aprendizajes y nuevos estados, el procedimiento puede encontrarse con un conjunto de estructuras rígidas o difíciles de saltar, lo que deriva en que la emoción asociada a ese nuevo significado no permita restarle fuerza a esa creencia tan profundamente arraigada.

En muchas ocasiones he leído textos de PNL donde se hace referencia a la importancia del momento preciso en el cual se debe establecer el ancla. Sin embargo, he visto que el momento no necesariamente debe ser “tan preciso”, sino más bien debemos entender esto como en un momento “oportuno”, es decir, que ocurra dentro del lapso de tiempo en que se está dando la experiencia, pues ella reside en la evocación.

Una estupenda forma de probar si el ancla ya se encuentra establecida es por vía de la repetición. En la medida que disparamos o activamos el ancla y esta produce el mismo cambio de estado interno en la persona, podemos tener certeza que ya está operando. Con dos o tres veces que el practicante de PNL ejercite el ancla ya se percatará que el estado interno de la persona se modifica, de lo contrario podría estar ocurriendo que el ancla utilizada no sea la adecuada. En este caso debemos indagar si el ancla se encuentra dentro de las experiencias posibles de usar y, además, verificar que sea el canal indicado (VAK). Para no complicarnos con este eventual problema, recomendaría probar la realización del proceso de anclaje en todos los canales sensoriales simultáneamente.

Supongamos un caso de alguien que quiera ir al dentista y sentirse más tranquilo que lo normal. Para eso el practicante de PNL puede usar anclas como una manera de incluirle recursos que lo tranquilicen, le permitan sentirse confiado y seguro, independiente del contexto.

Entonces, el practicante debe buscar experiencias previas de la persona donde efectivamente se haya sentido tranquila, confiada y segura, independiente del estado o contexto. Una vez halladas, el practicante “ancla” cada una de esas experiencias (que en el fondo son los recursos), llamándolas una a una por su nombre, o por el nombre con que la persona identifica esas mismas experiencias. El proceso debe repetirse varias veces hasta que la palabra que identifica la experiencia esté totalmente vinculada con la misma.

Nótese que para muchos en PNL este mismo proceso debiera ir asociado también a un “toque”, como por ejemplo, tocar la mano de la persona al nombrar la experiencia. El propósito de este proceso es que al emplear la palabra la persona vuelva a evocar la experiencia previa.

Para terminar la asociación e incluir recursos, el practicante de PNL le pide a la persona que evoque algún momento pasado, presente, o futuro, donde se haya encontrado en una consulta odontológica, imaginando que está semirecostado en el sillón, con el dentista a su lado, haciéndole el tratamiento, tal como lo había vivido en otras situaciones.

Una vez que la persona tiene la imagen, se le pide que evoque las palabras que son las anclas de las experiencias previas donde existe confianza tranquilidad y seguridad. Mezclar en la mente ambas experiencias redundará en una nueva experiencia que ya no será igual al estar con el dentista, pues ahora también se le sumarán los “recursos” que han sido anclados.

Esta información puede ser establecida como un ancla visual, auditiva y/o kinestésica, para que se produzca la asociación de los estados de tranquilidad, seguridad, confianza, con la situación futura donde la persona se encontrará en la consulta con el dentista.

Finalmente, debiera ser realizada la activación del ancla un par de veces hasta que los estados internos de tranquilidad, seguridad y confianza empiezan a ser parte de la experiencia futura con el dentista.

Otro ejemplo sería el caso del líder de una organización que podría motivar a las personas que trabajan con él, conectando el propósito principal por el cual se encuentran trabajando allí, día a día, para después involucrarlos en algún nuevo proyecto que pudiera ser importante, no solo para la organización, sino también para todos ellos. Vincular el propósito con el nuevo proyecto sin duda hará que las personas pongan mucho más de sí mismos, al ver de forma asociada ambas experiencias.

En las ventas también se utilizan anclas. Por ejemplo, un vendedor le está diciendo a un comprador que la ropa le queda estupendamente bien, que ese zapato lo hace ver magnífico. En este caso podemos percatarnos de que el vendedor está haciendo una asociación entre lo que es el producto, y la calidad que el producto va a entregarle a la identidad de la persona, gracias, por supuesto, a la compra del mismo. Por lo tanto, esa ropa o zapatos lo harán verse magníficamente bien. ¿Puede recordar si ya le ha ocurrido?

En publicidad tenemos algo semejante. Por ejemplo, si le están vendiendo un automóvil, probablemente emplean alguna experiencia asociada a una emoción que quieren vincular con su estado interno, ya sea para que usted se vea como alguien de otro nivel social solo por estar usando esa marca, o como alguien exitoso, pues es una marca prestigiosa y costosa, o que usted podrá vivir sensaciones de libertad, pues ese auto le permite llegar, en teoría, a cualquier lugar. En cada una de estas experiencias existe una asociación externa a una vinculación interna, permitiendo que su estado interno esté anclado a esa emoción.

Por ejemplo, podría estar viendo televisión y aparece un comercial de un automóvil en que se muestra a una familia y se escucha la voz de un locutor diciendo:

  • “Usted que está viendo este aviso, usted que sí sabe cómo proteger a su familia en todos sus trayectos de vida…”.

Como se puede dar cuenta, le están activando anclas específicas asociadas a sus sentimientos de ser buen padre o madre de familia, que quiere proteger a los suyos, y que parte de lo que hace es tenerlos en consideración, comprando el referido vehículo.

Los comediantes también son maestros en el uso de anclas. Una vez que han logrado que el público se ría con alguno de sus chistes, gracias, o gestos, vuelven a repetirlo en distintos momentos y lo usan como un efecto palanca para lo que van a decir a continuación.

Otra aplicación de anclas serviría para alguien que quiere hacer gimnasia, pero siempre lo está postergando, entonces podría echar mano de esta herramienta para recordar el momento exacto en que debe salir y dirigirse hacia el lugar donde se ejercita, en el tiempo que había establecido para realizar esa actividad.

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