Cuento

¿Dónde se estaciona la vida?

By 11 noviembre, 2019 No Comments

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Él era ejecutivo de una empresa dedicada a la producción de papel y productos derivados, con una trayectoria marcada por el éxito.

Siempre había logrado las metas y objetivos que se proponía en lo laboral, e incluso aquellas que otros le planteaban. Él no solo las alcanzaba sino que lograba sorprender superándolas ampliamente. Por todo ello, había tenido un ascenso meteórico en su carrera profesional.

Por otro lado, y eso él no lo sabía con certeza, todo venía de la educación que había recibido gracias a su madre, quien lo había empujado –a como diera lugar– para que llegara lejos.

Una vez que su padre los abandonó, su madre, como tantas mujeres en Chile, supo que ella cumpliría el rol de mamá y papá, y debido a eso lo educó de forma tal que no había cabida para otra cosa diferente a un futuro exitoso.

Sus jefes lo veían como un tipo orientado a los resultados, de una lealtad a toda prueba, y pronto entendieron que a pesar de su edad, podrían entregarle la gerencia general de una de las empresas del Holding. Esta era precisamente la que quedaba más alejada del Headquarter donde se encontraban todas las gerencias y directivos, pero a él no le importó tener que trasladarse a la planta de servilletas y estuvo muy contento con el nuevo nombramiento y desafío.

Se podría decir que su perfil ejecutivo era muy agresivo. Él sabía tratar a su gente con rigor, aunque al mismo tiempo con mucho respeto. Las personas que trabajaban con él le temían y a la vez lo admiraban.

Cuando alguien debía ir a su oficina sentía incluso miedo, pues nunca se sabía cómo se encontraría. Por lo general su estado base era de irritabilidad, y en muchas ocasiones manifestaba furia y rabia cuando no se lograba lo que él quería, y a su manera.

En esta oportunidad tenía dos metas muy sencillas: optimizar la operación y mejorar en un 35% las cifras en los próximos doce meses. Él inmediatamente comprendió que de ello dependía su carrera y toda su vida futura en ese holding de empresas.

Cuando conversaba el tema con su esposa, ella le decía que su vida no podía estar orientada solo al éxito profesional, que esa obsesión por el trabajo lo mataría de un cáncer o de un infarto. Le decía también que se estaba perdiendo parte del crecimiento de sus hijos y que ella se sentía muy sola.

Ellos tenían dos hijos y él los veía como una extensión de una unidad de producción de resultados de su trabajo. Hasta usaba con ellos el mismo lenguaje que empleaba con sus colaboradores –para ser más empático– y les decía: “Huevones, ustedes lo único que tienen que hacer es sacarse buenas notas. Es refácil. El resto después cae solo”.

A él no le interesaba nada de la casa y casi no tenía amigos pues, según su punto de vista, “no estaba para perder el tiempo en estupideces”.

Le tocaba llegar ese día a la nueva operación de la fábrica y tan pronto fue a estacionar su auto percibió que en la entrada había un guardia que lo saludó de forma muy amable y familiar. Era un señor de edad, que se veía muy mayor y con una expresión de tristeza en la cara, y él pensó: «seguro tiene que ver con los maltratos y vueltas de la vida, decisiones mal tomadas, e idioteces que de repente hizo el pobre tipo».

Estacionó el auto en el lugar que decía Gerente General y caminó hacia la entrada del edificio para hacerse cargo de su nueva posición dentro de la organización. Al llegar saludó a las personas que lo recibieron y de inmediato les solicitó hacer una reunión rápida para presentarse a todos e introducirles cuál sería su filosofía de trabajo.

Ese día terminó la jornada de trabajo satisfecho con todo lo que hizo, pero no lograba explicarse por qué sentía mucha pena.

Los días siguientes empezó a generar una rutina en el nuevo trabajo. Tomaba la ruta hacia la empresa, ahí venía la entrada, la puerta de acceso a los estacionamientos, el guardia que lo saludaba siempre muy amablemente, estacionaba, caminaba hacia su oficina y comenzaba sus funciones, donde ya percibía que otra vez más lograría superar sus metas. Pero ya no era más el mismo, estaba cada vez más triste y no sabía qué le pasaba.

Se lo dijo a su esposa, y ella le comentó “¿Tal vez te estás volviendo humano?” Lo que lo puso aún más triste.

Ya llevaba más de seis meses en ese trabajo y ese día, al entrar al estacionamiento, reconoció que nunca se había detenido a saludar al señor que lo recibía tan amablemente. Entonces, como tenía tiempo, decidió bajarse del auto e ir a saludarlo y agradecerle por el buen trabajo que hacía.

Mientras caminaba en dirección al guardia, se percató que el hombre se había puesto muy serio y aprehensivo, probablemente, creyendo que él lo iba a regañar o incluso despedir. “Es normal”, pensó él, “asumió que no habría motivo para que el Gerente General hablara con un guardia, si no fuera por una de esas razones”.

Entonces, se aproximó a él y le preguntó al guardia:

– ¿Usted sabe quién soy?

A lo que el guardia, con un gesto de pesar y profunda melancolía en el rostro, respondió con voz temerosa y entrecortada:

– Sí. Mi hijo.

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