CuentoEstructura del Pensamiento

El despertar de un Martes

By 29 julio, 2019 No Comments

Martes

Ella se levantó muy temprano y, como todos los días, corrió para despertar a su hijo.

Él, con cara de molestia, y como todos los días, le dijo que no quería salir de la cama.

Entonces ella le dijo que era su bebé, que lo quería mucho, le dio muchos besitos y después le imploró que, por favor, se levantara, pues le pondrían una anotación por llegar atrasado y, peor, la llamarían a ella para una reunión.

El chico se dio vuelta para el otro lado de la cama, como si nada hubiera pasado.

Así que ella usó otra táctica, que le cargaba, por lo demás.

Agarró las sábanas que lo cubrían, lo destapó, y le gritó –tal como el día anterior– que era la última vez que ella soportaba ese tipo de actitud. Que quién se creía que era para actuar así con ella, que se desvivía por él desde que amanecía hasta que se iba el sol.

Solo se escuchó un sonido gutural balbuceando:

– No me molestes…

Ella pensó que no era justo tener que hacer todo el trabajo con el chico sola, pues su marido no la ayudaba en nada, y tampoco, el muy tonto, aportaba algo significativo –en términos de dinero– para su vivir.

Mientras esas ideas pasaban por su cabeza, notó que su bebé –de solo 16 años– seguía durmiendo.

El colegio salía carísimo, y él lo único que quería era justo aquello que ni ella ni el tonto de su marido le podían dar.

Eso ya era el colmo, pensó ella. Entonces le dio una palmada fuerte en el brazo mientras le gritaba: ¡Levántate mierda! ¡Estoy harta de tener que empujarte a la fuerza!

Él la miró con desdén. Con ese desdén de quien se sabe victorioso, pues el otro ya no tiene argumentos ni influencia para contrarrestar la dificultad que se plantea y, por ende, para ganar tiene que usar la fuerza contra alguien más débil, pero más astuto. Es ese triunfo pese a la derrota. Como en las dictaduras, donde la victoria no se da tan fácil, pero la ética y la moral priman por sobre la violencia.

Él se puso la ropa de mala gana, tomó su mochila, y sin tomar desayuno se fue directo al auto para esperarla a ella.

Ella entró al auto y no articuló una sola palabra.

Él tampoco le hablaba y se fue mirando por la ventana durante todo el trayecto hacia la escuela, para evitar cualquier posibilidad de contacto visual.

Él pensaba, ¿por qué tengo que aguantarla si ella no entiende ni un poco la vida y no logra estar contenta con nada de lo que hace? ¿Por qué no me deja vivir en paz? No logra tener una relación con nadie, no gana bien, siempre está triste o insatisfecha, y más encima quiere enseñarme cómo ser feliz ¡Con qué cara!

Ella pensaba que ya no sabía cómo actuar, que había probado por las buenas y por las malas, pero todo lo que hacía siempre terminaba en pelea. Parecía que mientras más intentaba acercarse a su hijo para explicarle lo difícil que sería la vida, él más la rechazaba, y se mostraba menos dispuesto a prestarle atención. Le respondía que para qué servía toda su experiencia, si al final, la única persona a quien ella quería traspasársela no tenía un puto interés en escucharla.

Ella se dio cuenta de que el auto seguía su curso, como todos los días, solo que esa mañana el viaje se hacía más largo, pues había mucho tráfico en Santiago y se le había olvidado usar “Waze”, cuya voz, dígase de paso, incluso resultaba más simpática que el bruto que iba a su lado.

Ya llevaban cuarenta minutos en el tránsito cuando avistó la escuela.

Con mucho cuidado se estacionó; él tomó su mochila que estaba en el piso, abrió la puerta del auto, se bajó, la cerró con un fuerte portazo, y se fue sin darse la vuelta para mirar o despedirse.

Ella se quedó viendo por unos minutos como él se alejaba.

Al mismo tiempo, se percató de que una lágrima caía de su ojo izquierdo, y con su mano derecha la secó.

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