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El juego de los sueños

By 17 septiembre, 2019 No Comments

Sueños

Ella siempre decía, a quien tuviera por delante, que había nacido con mala suerte.

Su familia había pasado muchas necesidades y su madre falleció cuando solo tenía cinco años. Su padre volvió a casarse pocos años después y tuvo dos hijos más con su nueva pareja.

Ella se lleva muy mal con su nueva mamá, y con sus medios hermanos. Con su papá se entiende bien, aunque siempre lo critica por todo, principalmente por haberse vuelto a casar con alguien tan distinto a ellos dos.

Creía que estaba maldita y que, justo cuando nació, su estrella se apagó, ¡si es que le había tocado tener una estrella propia!, lo que según ella, era bien improbable.

Lo que más le gustaba era quejarse de todo. “Que el día está muy gris y triste y hasta puede llover”; o “¡Qué lata! ¡Está lloviendo!”; o “¡¿Qué vamos a hacer?! ¡Con este calor será insoportable pasar el día!”; o “¡Nada que hacer hoy! Ni llueve ni pica el sol… pero ¿se dieron cuenta de cómo está el aire de malo?”

Tenía infinitos motivos para quejarse. Lo importante era manifestar desagrado por su infortunio y transmitírselo a otros para que inconscientemente empezaran una competencia de decir las cosas malas que les pasaban, y así la vida era más llevadera para ella, pues sentía que no estaba sola.

Por supuesto que despertar en las mañanas no le resultaba fácil, pues además nunca le gustaba el trabajo que tenía. Pero este último trabajo sí que le parecía terrible, decía ella. “¡No aguanto a mi jefe!” era su canción de moda.

Había estudiado secretariado, aunque su pasión era pintar. Se imaginaba haciendo exposiciones en Nueva York, Londres, Milán, São Paulo, viajando por el mundo, dando clases magistrales sobre arte o apreciación estética y sobre las ideas que inspiraban sus creaciones.

Se imaginaba famosa, admirada, y con un destino que le hacía justicia: ser reconocida por su talento e inteligencia. No como ahora, que se sentía como un depósito de actividades menospreciables que no tenían nada que ver con sus competencias intelectuales y estéticas sobre el arte.

Las contradicciones que vivía la habían convertido en una persona muy desconfiada, de pocos amigos. Tampoco había tenido muchas parejas, pues, por lo general, decía ella, son de paso, mientras no llegue algo mejor… Además de que, por supuesto, los hombres que conocía no tenían mucho que ver con quién ella realmente era.

A veces se preguntaba ¿cuándo le daría al palo con su destino? Ya estaba cansada de esperar algún evento que cambiara su vida. Y en su cotidianidad no pasaba nada emocionante. Día tras día padecía una rutina agotadora, aburrida, monótona, y con el paso del tiempo, de semanas, meses y años, ella empezaba a desarrollar una leve depresión.

En verdad, no es que no supiera lo que quería, sino que no veía con claridad el movimiento necesario para dar el salto, y cuando lograba visualizarlo, dudaba de que le pudiera resultar. Entonces, con el temor de un posible fracaso, prefería mantenerse cómoda con un ingreso fijo, bajo el yugo controlador de una labor conocida, versus la libertad de su arte.

Muchas veces se enteraba de la vida de sus amigas, a quienes por lo general les iba muy bien, lo que la alegraba, claro, aunque al mismo tiempo la presionaba a actuar.

Un día estaba almorzando con su pareja en un café y este se encuentra con un excompañero de escuela y se lo presenta. El excompañero les comenta que trabaja para una Fundación Internacional que busca nuevos pintores talentosos. El proyecto consiste en invertir fuertemente para que los cuadros de estos artistas desconocidos, pero brillantes, se multipliquen en valor de forma estratosférica, pues el mercado del arte es más fácil de manejar que el de las acciones, y este grupo hace mucho dinero con este negocio.

Ella interviene para contarle que es pintora y que le encantaría presentarle su trabajo; no vaya a ser que le guste y así ambos se ayudan mutuamente. Así que fijan una reunión en casa de ella para mostrarle su obra.

Cuando él va y observa las pinturas, de inmediato le dice que le fascina su arte y le pide permiso para sacarle fotos a los cuadros, ya que quiere enviarlas a la sede central en Nueva York, a lo que ella accede con mucho gusto.

Él le cuenta que el proceso es relativamente rápido y que pronto se pondrá en contacto con ella para confirmarle si hay posibilidades de negocio o no.

Al día siguiente, ella llega muy temprano al trabajo y llama a su jefe para contarle lo que le está pasando. Le pregunta qué podría hacer en caso de que esto le resultara y le dice que cuente con ella si necesita algún tipo de ayuda, pues igual es muy responsable y le gustaría dejar todas las cosas bien arregladas en una eventual partida suya.

El jefe le agradeció mucho su atención y consideración, y le deseó buena suerte en todo lo que fuera a suceder.

Una semana después ella recibe un mensaje en su WhatsApp del ejecutivo de la Fundación, preguntándole si la puede llamar por teléfono.

En ese momento, su corazón se acelera, su respiración se hace mucho más rápida, sus pestañas empiezan a parpadear muy rápido y apenas logra escribir para responderle: “sí, puedes llamarme”.

Las personas que estaban trabajando a su lado, que ya estaban enteradas del suceso, se percatan de lo que le está pasando y miran con curiosidad distante.

Ella decide levantarse de su puesto de trabajo e ir a un pasillo para conversar con más privacidad. En eso, suena su celular y ella atiende.

– ¿Aló?

Y se escucha un “hola, ¿qué tal?” al otro lado, y rápido y conciso, él le dice:

– Mira… hablé con los tipos en la central y les encantó tu trabajo.

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