CuentoEstructura del Pensamiento

El mirar hacia afuera

By 8 octubre, 2019 No Comments

Male

Ella era profesora de Biología hace quince años y le encantaba trabajar en el colegio donde estaba.

Venía de una familia relativamente simple, que dentro de las tantas cosas en que creían estaban la brujería, los maleficios y el mal de ojo. Aunque a ella no le gustaban mucho esos temas…

De chiquita, como era muy responsable y todo le salía bien, le decían que era bruja, cosa que, entre chiste y chiste, empezó a creer.

Había crecido con esos decires familiares y, casi como un mandato, opinaban que si había algún brujo o bruja en la familia, sin duda sería ella, pues tenía el don de “ver” lo que le pasaba a las otras personas.

Ella se casó muy enamorada de su esposo, y tuvo en algún momento un sueño –¿o habría sido una visión?– donde, como en los cuentos de brujas y hadas, eran felices para siempre.

Él trabajaba en el Departamento de Seguridad de una empresa minera y le tocaba viajar mucho. Como la mina quedaba lejos de la ciudad, tenía que ausentarse todos los meses, por lo menos diez días.

Tenían dos hijos que eran iguales iguales a él; parecía que ella y su carga genética no hubieran marcado en nada a sus niños, lo que le daba mucha risa.

Los hijos –un niño y una niña– eran de tez morena, nariz aguileña, ojos oblicuos negros y pequeños, cejas negras muy tupidas y en semicírculo, orejas grandes, bien peludos y con ciertos rasgos propios de la acromegalia.

No es que ella supiera todo de Biología, pero era de esas personas apasionadas por sus temas de estudio, conectada día a día con su disciplina, por lo que no solo era buena profesora, sino también su inquietud la había convertido en una mujer muy sabia.

Debido a sus años de experiencia, sus colegas la llamaban “la bruja”, pues ella demostraba una fina intuición acerca de las personas.

Por ejemplo, miraba a un alumno y decía, “este tiene problemas en casa y probablemente su papá no se lleva bien con su madre y por eso acá tiene ese comportamiento, pues cree que puede engañarme…”

Si una alumna le decía algo, ella no necesitaba ni respirar para saber si era verdad o no lo que le estaba contando. Era un juicio certero inmediato. Con muy poca información, “ella sabía”.

En el trabajo conocía a cada uno de sus colegas, compañeros, y amigos, y siempre acudían a ella, pues creían que tenía el poder de predecirles el futuro o visitar su pasado más escondido y, con asertividad, mostrarles algunas verdades.

En el fondo, ella tenía mucho poder entre los suyos, tanto por sus competencias académicas, como por sus conexiones con “estas visiones asertivas” que le habían hecho ganar ese lugar.

Ese día empezaba un nuevo año escolar y también un nuevo curso ¡Esto era la felicidad máxima para ella! Estaba muy alegre y emocionada, pues tendría estudiantes por conocer.

Esta era otra oportunidad para estampar su sello, formando personas motivadas para seguir sus pasos en Biología, como ya lo había hecho con tantos otros que despues volvían a visitarla y la reconocían como su mentora.

El Martes en que empezaban los cursos, se dispuso a llegar más temprano para planificar las rutinas escolares, preparar el libro de clases, y estar en la sala cuando todos llegaran.

Los alumnos fueron entrando de a poco a la sala y sentándose en silencio. No todos se conocían, ya que era política del colegio mezclar a los cursos cada tres años.

Una vez que sonó la campana, ella les dio la bienvenida y les explicó de qué se trataría la asignatura de Biología durante los próximos cuatro años.

Posteriormente se presentó y les pidió que, por favor, también se presentaran brevemente. Entonces habló el primer alumno, de forma graciosa, lo que ayudó al curso a distenderse, después habló el segundo, el tercero, y cuando le tocó presentarse a la octava alumna, ella sintió que la conocía.

De hecho, tenía un gran parecido a sus hijos, de tez morena, nariz aguileña, ojos oblicuos negros y pequeños, cejas negras muy tupidas y en semicírculo, orejas grandes, medio peludita y con ciertos rasgos de acromegalia.

Sin percatarse de lo que venía, su respiración se aceleró y su vista empezó a nublarse y estar fuera de foco. Le preguntó a la alumna, con naturalidad y disimulado interés, qué hacía su mamá, y ella le respondió que trabajaba como secretaria en una empresa de venta de juguetes.

Su corazón ya estaba al galope, y entonces se atrevió a hacer la pregunta, “¿y tu papá en qué trabaja?” La alumna le respondió que trabajaba en el Departamento de Seguridad de una empresa minera y que viajaba bastante debido al tipo de labores que hacía.

Después de esa respuesta ella tenía las piernas débiles, la respiración jadeante, las pupilas dilatadas por el miedo que estaba sintiendo y proyectando. Al no poder sostenerse en pie tuvo que sentarse para no caer y alcanzó a afirmarse en la mesa, apoyada en el libro de clases.

Una vez sentada, vino a su mente lo que le habían dicho de pequeña:

– “¡Podrás ver todo lo que le pasa a los otras personas!”

¡Era cierto! Aunque nunca nadie le había dicho si ella podría ver aspectos de su propia vida.

Ahora, sentada, solo le quedaba terminar las presentaciones de los demás alumnos.

Dejar un Comentario

EnglishPortugueseSpanish