Cuento

El transporte que te transporta

By 4 noviembre, 2019 No Comments

Ele

Él no se acordaba exactamente cuándo lo empezaron a llamar “Elefante” ni cómo había derivado a “L”.

Los otros decían que era un apodo cariñoso, cercano, pero la realidad es que no. No lo era. Era ofensivo. Muy ofensivo.

Desde pequeño había presentado problemas de obesidad mórbida. Y en el colegio, el profesor de gimnasia –que no era brillante en su trato psicológico– lo marcó como “gordo flojo” y sufrió cada una de las malditas clases que el tipo hacía.

Ahora, dígase clase de gimnasia igual a fútbol y, por lo mismo, gran parte de sus compañeros tampoco lo valoraban, pues él era muy torpe para la pelota y, según ellos, ni para el arco servía, que era algo así como el lugar del destierro para los jugadores malos.

En ese entonces lo que le decían y hacían era considerado “hasta normal”, por ser gordo y malo para la pelota. Hoy se le llama bullying y es muy reprochado.

Como su vida siempre había sido así, él ya se había acostumbrado y las palabras hirientes de los demás simplemente las procesaba como vacías.

Tenía un carácter relativamente pacífico y de tanto que le decían que era como un elefante, él mismo, sin darse cuenta, fue adquiriendo ciertos rasgos del animal.

Por ejemplo, era muy tranquilo, sin embargo, cuando se molestaba era capaz de hacer cosas irrefrenablemente violentas y casi irreflexivas. Tenía excelente memoria y era muy preocupado de aquellos a quienes quería.

A él no le gustaba el estudio, entonces, cuando terminó el colegio tampoco tuvo interés en seguir estudiando o conseguir algún empleo, y su padre le ofreció que trabajaran juntos, ayudándolo a hacer fletes con una camioneta que tenía.

Así que después del colegio siguió con su vida muy tranquila, trabajando en los fletes y viendo a los pocos amigos del colegio, esos que siempre lo habían aceptado como era y que lo defendían cuando le hacían bullying.

Para él esos amigos eran imposibles de olvidar, pues lo habían apoyado en situaciones difíciles y penosas, a costa de sus propias relaciones personales con los otros compañeros que le hacían bullying.

Las entregas que su papá hacía eran cosas relativamente sencillas, como por ejemplo, enviar una pequeña cajonera, o una caja con documentos, pues la camioneta no era muy grande.

Eso sí, su papá tenía tantos clientes que había un flujo constante de pedidos y, por eso mismo, a él le pareció ideal, porque podría ayudarlo y además tendría un trabajo que no requeriría mucho esfuerzo.

Sobre sus gustos, le encantaban las pizzas y era capaz de comerse fácilmente dos completas –de esas que sirven en el Golfo di Nápoli en Santiago– como si nada y “quedaba bien”, como decía él. Eso no era impedimento para comer postre o una que otra cosita después.

Ya pasados un par de meses trabajando con su papá se reencontró con uno de sus amigos de colegio que veía poco, pues le iba “tan bien en la vida”, que jamás tenía tiempo para juntarse, además de que las reuniones cada vez se hacían con menos frecuencia, pues cada uno empezaba a tomar rumbos diferentes.

Su amigo le preguntó si había alguna forma de ayudarlo y él le dijo que si tuviera pedidos de fletes sería excelente.

De forma inmediata su amigo le dijo que contara con eso, pues tenía plena confianza en él y justo requería ese tipo de servicios y, por supuesto, lo preferiría a él frente a otros fletes que había encontrado en plataformas digitales.

Él estaba muy feliz con esa posibilidad. Le contó a su papá que tenía un cliente propio y le preguntó si podía subcontratar su camioneta con el propósito de aumentar el margen de ganancia.

En ese caso él prescindiría del sueldo como chofer; en el fondo, le “arrendaba” a su padre la camioneta por cada flete. Su padre, como siempre, lo apoyó, le dijo que le parecía una excelente oportunidad y le dio todas las facilidades para hacerlo.

En la medida que este nuevo negocio avanzaba, él se dio cuenta de que los pedidos aumentaban y aumentaban y le preguntó al amigo si eso sería siempre así y, como este le respondió que sí, pensó que tal vez era hora de comprarse una camioneta propia.

Lo conversó con su amigo y a este le pareció una excelente idea, pues incluso le podría entregar más pedidos, ya sin las restricciones de coordinar los fletes con los clientes de su papá.

En efecto, se compró la camioneta y su amigo incrementó la cantidad de pedidos que despachaba y que ahora él distribuía exclusivamente.

Acordaron tomar un café con su amigo, para hablar de cómo estaba funcionando todo y durante el encuentro le preguntó qué le parecía eso de estar trabajando juntos, a lo que su amigo le dijo que justo estaba pensando lo mismo y le preguntó si le interesaba ser parte del negocio.

Claro que él lo había imaginado, pero no sabía con exactitud en qué consistía el negocio. A veces pensaba, casi con certeza, que estaba transportando droga y por eso manejaba con mucho cuidado, pues temía que sí lo paraban los carabineros… ¡prisión segura!

“Pensándolo bien”–se dijo en ese momento de dudas– “transporto toda esta mercancía que viene envuelta en unos paquetes misteriosos, pero he tenido cuidado en no saber de qué se trata…”, y agregó para sí mismo:

– Hay veces que no saber y pasar por un tipo huevón es mejor que saber y pasarse por choro.

Al mismo tiempo, confiaba mucho en su amigo y como siempre había sido correcto y algo temeroso en el colegio, estaba seguro de que este le aseguraría que no se trataba de droga, pues también incluía muchas tiendas, restaurantes, bombas de bencina, librerías, ¡y a tantas horas diferentes!

En el café, le preguntó a su amigo qué estaba transportando realmente, y además le comentó de su temor, a lo que su amigo le responde:

– Bueno, transportas anfetaminas y drogas sintéticas ¿Qué más podría ser? Por eso me ves tan bien en la vida.

Acto seguido, su amigo le preguntó:

– Y, entonces… ¿Quieres participar del negocio? Te harás millonario en un par de meses. Es dinero fácil.

Él lo miró con incredulidad, y al mismo tiempo con algo de desprecio, temor, e incluso rabia. Toda su vida pasó frente a él, y en ese mismo instante se dió cuenta de que ya no quería ser más quien había sido y le respondió, viéndolo fijamente a los ojos:

– Sí.

Dejar un Comentario

EnglishPortugueseSpanish