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El valor de la lealtad

By 18 noviembre, 2019 No Comments

Leal

Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por una situación económica muy precaria, sin embargo, siempre se había sentido querida y amada por los suyos.

Ganó consciencia sobre su pobreza un día en el colegio cuando se encontró con niñitas que habían sido invitadas de otro colegio y le sorprendió lo distintas que eran en sus ropas, sus modos, sus peinados y su forma de hablar.

Ella solo tenía ocho años en ese entonces, pero este descubrimiento le generó una mezcla de sensaciones, entre pena, por como se veía a sí misma, desconcierto, y el estar despertando de un sueño.

Cuando volvió a su casa se propuso que sería como esas niñitas, y se lo contó a su mamá, quien se rió de ella, y a su papá, quien le dijo: “¡Seguro lo lograrás!”

De igual forma a esa edad no tenía muy claro el por qué de las diferencias y menos cómo alcanzar ese sueño.

Pasados algunos días pensó que un buen punto de partida sería preocuparse de ser una buena estudiante. En realidad, no se le ocurría otro camino.

Así, desde los ocho hasta los doce años se dedicó a tener buenas notas, a pesar de que ya comenzaba a darse cuenta de que no servía mucho. Había descubierto que otros buenos (y muy buenos) o malos alumnos no tenían cómo ir a la universidad. En parte porque debían ayudar a sus familias, ya que siempre la familia tenía que apoyar a alguien, pues no contaban con seguros médicos, isapres y, cualquier imprevisto de salud los afectaba a todos.

Lo curioso era que no sabía muy bien quiénes eran familia, aunque en casos de necesidad sí se notaba por la ayuda que prestaban al grupo.

A pesar de que muchas veces algunos se desentendían del pedido de ayuda, para las fiestas igual se reunían todos, y entre toma y tomatera, baile y bailoteo, todo estaba perdonado y se partía desde cero.

Ya a los dieciséis años ella tenía tres cosas muy claras: no podría ir a la universidad, tendría que trabajar en lo que fuera, y quería salir de ahí.

En realidad, su lealtad para la familia era tan grande que solo deseaba rescatarlos a todos, pues era una manera de agradecerles lo que habían hecho por ella, a pesar de que para otros eso pudiera significar muy poco.

A esa edad ella empezó a pololear con un muchacho de su mismo barrio, aunque para ella, él era solo un pasatiempo, pues tenía claro que era joven para tener algo más serio. Además no estaba muy entusiasmada, pues este era demasiado cabro chico y a ella le gustaban las chicas, pero ¿cómo decirle eso a sus papás?

A los diecisiete sale del colegio y empieza a buscar trabajo.

Lo primero que hizo fue buscar por el diario, después con los conocidos que tenía, por la internet, pero nada le gustaba.

Ya había pasado un mes buscando empleo hasta que en su casa le dijeron que dejara de regodearse, así que se resignó a aceptar lo que le llegara, para por lo menos empezar y poder decir que ya había trabajado en algo.

Lo primero que vio y que le pareció curioso, fue un aviso en una revista femenina de un diario, donde una señora buscaba a alguien que cuidara a su mascota, un perro de raza pug.

Como no sabía qué perro era ese, fue a la internet y encontró en Wikipedia que decía lo siguiente:

– Es un perro bajo y macizo de aspecto cuadrado y compacto, bien proporcionado y musculoso; la cabeza grande, redondeada y de aspecto sólido, está cubierta de pliegues; el hocico es cuadrado y chato; los ojos, grandes y oscuros; tiene las patas rectas y la cola rizada. El pelo es apretado, suave y brillante. No saben nadar.

Entonces se presentó a la entrevista de trabajo y habló con gran conocimiento sobre la raza de ese can y la señora, ya de unos ochenta y pocos años, quedó encantada de conocerla, e impulsivamente le preguntó cuándo podría empezar a cuidar a su mascota, a lo que ella se dispuso de inmediato.

A ella realmente le gustaban los animales y ese perro en especial le había caído muy bien apenas lo conoció. Tal vez era su mirada que le decía “quiero ser querido y te lo retribuiré”, o algo así, interpretó ella.

El can también se llevó bien con ella al instante, y su dueña estaba tan complacida después de un par de meses, que se atrevió a preguntarle si podría ayudarla con las cosas de la casa. La casa era muy grande, con catorce habitaciones, y las personas que trabajaban en ella, si bien eran eficientes, no le resultaban de su total agrado.

Ella se sorprendió con la solicitud y le dijo que sí, pues comprendía que eso vendría junto a un aumento de sueldo, ya que al vivir en la casa de la señora y estar disponible la mayor cantidad de tiempo, tendría más tareas que hacer. Le gustaba la posibilidad de estar cerca de la señora, pues ya le había tomado cierto cariño.

La señora le aclaró que en este nuevo trabajo ella sería como su Asistente Personal, pero que debía seguir ayudándola con los cuidados de su mascota.

Ella estaba bastante feliz, pues en muy poco tiempo estaba ganando más que muchos de sus compañeros de colegio.

Nunca se había planteado quién era la señora y un día se le ocurrió “Googlearla”. Para su sorpresa, descubrió que era de una de las principales accionistas de una familia muy acaudalada, que tenía inversiones en distintas áreas de negocios del país.

Ella ya estaba viviendo en la casa de la señora, que era casi un palacio inglés y donde había una habitación al lado de su cuarto, con comodidades que nunca había imaginado tener.

Pasaron los meses y el lazo entre ambas se iba estrechando, hasta el punto que la señora ya le contaba detalles de su familia y los motivos por qué nunca nadie la visitaba.

Todo se relacionaba con su gran fortuna. Como no había tenido hijos, sus sobrinos y hermanos le habían pedido que hiciera un testamento en vida repartiendo todo el dinero entre ellos. Eso la había enfurecido, pues comprendió que solo iban a verla para asegurarse de ser herederos y en un arrebato los mandó a todos al diablo.

Cuando ella escuchó eso, le comentó que en su familia el dinero era un tema, pero al revés, pues “no tenían ni uno” y que lo que les importaba era colaborar los unos con los otros.

Le contó que, por lo general, el dinero faltaba, pero que cuando eso pasaba, se ayudaban y se peleaban con el que no cooperaba, aunque siempre todos se perdonaban. Le explicó también que esa era una de las razones por las cuales no había podido ir a la Universidad, pues debía apoyar a la familia.

Ella añadió que agradecía la suerte de haber encontrado el trabajo con la señora, pues sabía que le pagaba muy por arriba del estándar y que además la trataba con mucho cariño y respeto.

La señora, al escuchar eso, le propuso que fuera a la universidad, si es que podía hacerse cargo del trabajo, de su mascota y de los estudios al mismo tiempo, y que ella le pagaría todos los costos que eso significaba, además de su sueldo.

Ella no lo podía creer. Contestó inmediatamente que sí y le agradeció muy emocionada llorando de alegría.

Los meses pasaban, rindió la prueba de selección universitaria y calificó para estudiar Ingeniería Comercial, carrera que le daba la facilidad de cursarla de forma vespertina y vía e-learning. ¡Era lo ideal para ella!

Con todo lo que tenía que hacer casi no veía a su familia, pues, o estaba cuidando a la señora, o a la mascota, o estudiando. De todas formas se sentía tremendamente feliz, pues creía que su sueño se estaba cumpliendo, aunque de una extraña manera.

Parecía que ahora su familia empezaba a ser la señora y el perro pug. Cuando iba a visitar a sus papás, tíos, abuelos, vecinos y primos, ya no disfrutaba como antes de las conversaciones y le daban lata los chistes fomes que hacían, sobre todo refiriéndose a ella y a su trabajo con el perro.

Ella entregaba dos tercios de su sueldo a su familia y pensaba que no estaba como para tragarse las tonteras de que “ahora andaba con la misma nariz que el perro, o que era la otra mascota de la señora, o que pronto lograría desplazarlo a un segundo plano”.

Pasaban los meses y años, y ella ya estaba en el tercer año de la universidad. Visitaba muy poco a la familia, pues prefería estar más tiempo en su casa.

Un día antes del primero de Mayo, volvió a su casa y subió para saludar a la señora, y al golpearle la puerta, no respondió.

Pensó que podía estar en el baño, pero rápidamente se dio cuenta de que la señora se había tropezado y estaba inconsciente al otro lado de la cama.

Llamó de inmediato al servicio de urgencia para que fuera una ambulancia, y al llegar la paramédica, pudo comprobar que la señora se encontraba muerta. Esta le explicó que probablemente el deceso se debía a un paro cardíaco.

Ella se sentía muy asustada y triste con lo sucedido. Después del funeral, su trabajo ya no era necesario como antes, pues los sobrinos y hermanos habían llegado a la casa a tomar cuenta de los asuntos de la señora.

Con algo de ahorros arrendó un pequeño departamento cerca de la universidad, a pesar de que no sabía cómo seguiría pagando sus estudios.

Ella pensó que ahora sí estaba complicada, pues aparte de pagar la matrícula, mantenerse, ayudar a la familia y tantas cosas más, su experiencia de cuidar un perro y una señora no le servían mucho para encontrar otro trabajo. O sea, estaba igual que cuando partió.

Cinco días después del funeral recibió un llamado del abogado de la señora, a quien conocía muy bien, pidiéndole juntarse con ella a la brevedad.

Ella temía que los sobrinos y hermanos hubieran tramado algo en su contra, a pesar de que no tendrían motivo alguno para eso, pero su desconfianza hacia ellos era total.

Cuando se reunió con el abogado, este le dijo:

– La señora ha dejado treinta millones de dólares para los cuidados de su mascota y la menciona a usted como la persona indicada para seguir cuidándolo de por vida, si está de acuerdo, claro.

Ella hizo un movimiento afirmativo al abogado, asintiendo que estaba de acuerdo, y luego ella le preguntó:

– Y… ¿La señora ha dejado algo para mí?

A lo que el abogado le respondió:

– Bueno… sí. Le dejó el resto de su fortuna, e hizo hincapié en que esta decisión se debía a que usted fue la hija que no tuvo, y que se lo demostró día a día con su lealtad a toda prueba –una lealtad casi canina– estando al lado de ella, sin pedirle nada, aparte de lo que se le ofrecía.

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