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Gorgias Romero y su ponencia sobre el libro “Momentos mágicos o una guía para viajar en el tiempo” – 25-10-2006

By 29 octubre, 2006 No Comments


LOS MOMENTOS MÁGICOS DE PAUL ANWANDTER

Presentación

Gorgias Romero García

I

Paul posee ese raro equlibrio entre lo puramente formal y lo puramente intuitivo. Cualquiera que haya tenido la fortuna de intimar con él o, siquiera, de haber gustado su conversación y compañía puede dar fe de lo que estoy afirmando. Por si fuera poco, ese raro equilibro se presenta ornado en su persona con la más refinada delicadeza y tino que quepa imaginar. No obstante, ¡claro! no se trata aquí de presentar a Paul, querido de todos nosotros, sino al segundo libro con que nos agasaja.

Tenían los antiguos griegos particular inclinación a fijar profundas intuiciones en breves sentencias. Una de las más famosas dice así: “lo semejante busca lo semejante”. Ésta, la aplicaban a todas las esferas del ser y a sus correspondientes disciplinas: filosofía, matemática, física, medicina, arte, etc. Se trataba pues de un principio universal, irrestrictivo. Su picardía natural les permitía expresar esta profunda idea de un modo más humorístico y picarezco: “los pájaros del mismo plumaje van juntos”. Así pues, no será extraño que yo me detenga en los momentos formales que advierto en los textos de Paul, siendo la formalidad, la estructura y la lógica tan afines a mí (lo que no niega, por cierto, que yo, bajo ciertas circunstacias haya corrido en pos de intuiciones; venturosas algunas y otras…no). Quiero creer que “lo puramente intuitivo” de Paul ha escogido a alguien tan formal. También es un principio universal el que los contrarios se atraigan. Bien, si no es apropiado hablar del autor cuando se presenta su libro, es definitivamente de mal gusto hablar del presentador. Entremos en materia.


II

La formalidad de Paul se refleja, a un primer golpe de vista, en los equlibrios que busca y en la repetición de las estructuras. Esto lo vemos inmediatamente analizando los títulos de sus dos libros. En efecto, ambos son presentados en la forma de una disyunción incluyente reforzada con una frase que hace las veces de subtítulo, i.e., a o b = c. Digo disyunción incluyente y no excluyente porque da lo mismo cual lado de la disyunción se escoja. En el caso de su primer libro, da igual que se le llame “Un día cada día” o que se le llame “la próxima estación”. En el caso del segundo encontramos exactamente el mismo procedimiento con la alternativa “momentos mágicos” o “una guía para viajar en el tiempo”. A su vez, digo “ = c ” porque ambos libros equivalen, exactamente a “lecturas de transformación” (le he sugerido humorísticamente a Paul que, igualmente, quedarían muy bien los subtítulos de “lecturas hipnóticas”, “terapias de lectura”, “curaciones gramaticales”, etc. se trata, en todo caso, de la terapia más barata que cualquier persona pueda lograr en la actualidad y quizá habría que incluir estos libros en el Plan Auge). En esta indiferencia formal que esconden los títulos se oculta un primer gran secreto que Paul, veladamente, nos quiere comunicar. A saber, que muchas denominaciones valen igualmente para lo denominado incluso a pesar de sus diferencias. Así entonces, ante la pregunta “¿y cómo se llama el libro de Paul?” nos vemos obligados a responder, “¡de tres maneras!”. Es una instancia especial la que hemos descubierto. Una estructura puramente formal abriga una flexibilidad que creíamos vedada a la lógica. Por si fuera poco, y como para “abrir más el juego”, Paul agrega a su segundo libro tres elementos: una palabra en inglés (“coaching”), una sigla bien conocida de uds. (“PNL”) y una palabra en castellano (“hipnosis”). Su segundo libro pues, al menos, se trata de todo eso. Advertimos una nueva repetición equilibradora en la dedicatoria: el primero fue dedicado a su padre y este segundo a su madre. Si vamos a los índices de ambos, nos asaltará rápidamente un nuevo paralelo. El primero se ensamblaba en la simple tetra-estructura de las cuatro estaciones. En el segundo, aunque no de modo tan claro a primera vista, se atisba la tetra-estructura de los elementos primordiales. Concentrémonos pues, ya decididamente, en el libro cuyo lanzamiento nos ocupa hoy.


III

Posee seis partes que en realidad están dominadas por el número cuatro: el agua, el jardín, el desierto, el fuego, el bosque, el cielo. Es fácil ver que el jardín y su amplificación amenazadora con la contraposición de lo domesticado (el jardín) y lo salvaje (el bosque) se relacionan directamente con su pura ausencia (el desierto) y que los tres enraízan en el elemento primordial “tierra”. Así entonces, las partes restantes, hablando por sí mismas, llevan los títulos de “agua”, “fuego” y “cielo” que, evidentemente, representa al “aire”, el cuarto elemento primordial faltante. Inmediatemente nos damos cuenta de que estamos frente a un texto que, al menos en intención (consciente o inconsciente aquí valen igual), tiene que ver con primordialidades, con principios constitutivos, con modelos imperturbables; con el principio y el fin. ¿Podemos discernir alguna linealidad engañosa en esta serie de narraciones? (digo engañosa en el sentido de que una “chinita” se engaña cuando va afanosamente en línea recta sobre un alambre que hemos doblado circularmente: ella va en línea recta y, al mismo tiempo, va en círculo. Para seguir con la comparación, a medida que uno va leyendo estas “lecturas de transformación” también puede desentenderse de esa paradoja insoluble y, al igual que la chinita fastidiada, abrir las alas y simplemente abandonar el alambre). Bien, la “linealidad engañosa”, genuina hebra que cruza el abalorio, recibe aquí el nombre de “tiempo”. ¿Puede haber algo más lábil y engañoso, recto o circular? ¿quién habrá que diga “no sé” lo que es el tiempo? ¿quién habrá que no sienta su propia finitud y, con ella, la de su propia vida llamada a desaparecer de aquí? Y, por otro lado, ¿quién es capaz de explicarlo? Todos los que han abordado tan tremendo acertijo han aferrado en sus manos cual talismán las palabras de San Agustín: “cuando no me lo preguntan lo sé, cuando me lo preguntan, no lo sé”. De un modo o de otro, el saber del tiempo es un saber íntimo; quedémonos, por ahora, con esta modesta afirmación. La ordenación temporal que Paul nos presenta parece, a primera vista, de lo más simple y obvio que cupiera esperar: una vida que va, correlativamente, del nacimiento a la muerte. Ello, claro, a primera vista, porque a segunda o tercera vista vamos viendo ya que las cosas no son tan simples. En efecto, el libro no parte en el nacimiento sino en la concepción: en el agua. De dónde, según el viejo Tales, venía todo, ya que todo cuerpo vivo e incluso las semillas duras al abrirlas escondían agua, principio de lo vivo. Y es una “guagua criada”, tal como se dice popularmente, la que nos presenta Paul, puesto que no sólo nace a los nueve meses bien cumplidos sino que a los nueve meses y una semana. Primera sorpresa, la primera parte que habría de contener nueve partes -una por cada mes- contiene ¡once! porque hay que agregar esa “semana uno de buceo” e incluso antes de ella “el tiempo cero: ¿cómo saber si existiré?”. Aquí Paul está “en su salsa” y nos engaña a todos con una aparente estructura matemática que está llena de “imperfecciones” que, a cada momento, frustran nuestras apresuradas generalizaciones. Bueno, diría uno, la primera parte debería haber tenido nueve partes, una por cada mes, para calzar exactamente con la gestación, si Paul “hubiese sido riguroso”. Y pasamos entonces a consolarnos creyendo que el resto del libro seguirá una línea más consistente. De hecho, miramos apresuradamente el final y vemos que la última lectura lleva el acápite de “100 años”. ¡Ah! Pensamos, se trata de 100 cuentos…pero tampoco es así. En verdad, nada es “simplemente así” en este libro. La segunda parte, por ejemplo, que es el jardín y que va a hasta los seis años, tampoco presenta una estructura uniforme. Posee 18 partes (¿el doble de 9?) divididas de la manera más caprichosa posible. Una razón estructurada y rígida se siente inmediatamente incómoda, y es así como Paul -a punta de desengaños- la va flexibilizando. Veamos tan sólo esta disparatada división de las 18 partes y que no responde a ninguna lógica proporcional: un mes, dos, tres, cuatro…(se rompe la serie), seis, ocho, diez, un año, un año dos meses, un año cuatro meses…(se rompe la serie), un año ocho meses, un año diez meses, dos años…(se rompe la serie), dos años y medio, tres años (¿una progresión?)…(se rompe la progresión), cuatro años, cinco años, seis años. Y aquí termina el jardín. Antiguamente tendría sentido cercar aquí el jardín porque normalmente los niños entraban al colegio a partir de los seis años. Hoy no tendría sentido. Al revés, los niños entran tan prontamente “al jardín” de los colegios que uno se pregunta, francamente, si queda algún espacio todavía para el genuino “jardín” que debería ser el hogar antes de entrar al colegio (se los dice una persona que entró al colegio efectivamente a los seis años y que gozó de la fortuna de haber crecido en una casa con jardín de verdad, con lombrices, tierra, flores, pájaros, arañas, etc., en suma, casi todo lo que un niño “de departamento” ve por Animal Planet). Tampoco Paul decidió terminar el jardín a los siete años, para rendir tributo al septenario sagrado. En fin, la vida sigue avanzando y las divisiones no son matemáticas ni exactas, lo cual, hay que confesarlo, es una gran enseñanza que no deberíamos olvidar. Volviendo a los 100 años o a los supuestos 100 cuentos que en realidad son 81, parece interesante nombrar los 42 que no están: 26, 28, 32, 34, 36, 38, 39, 41, 42, 44, 46, 48, 49, 51, 52, 54, 56, 57, 59, 61, 63, 64, 68, 71, 73, 74, 76, 78, 79, 81, 83, 84, 86, 87, 89, 91, 92, 94, 96, 97, 98, 99. ¿algunas regularidades que descubrir en estas ausencias? Del 26 al 38 van de a pares y luego, a partir de la cuarta decena siempre se repiten el primero, el cuarto y el último (41-44-49, 51-54-59, 61-64-69, 71-74-79, 81-84-89, 91-94-99); seis repeticiones de ausentes, una por cada parte. A veces el inconsciente es más estructurado de lo que uno piensa. Dejo hasta aquí el examen de los años omitidos repetidos a cuenta del inconciente de Paul y con ello además me despido del análisis de la forma para echar una ojeada al contenido.


IV

Las aventuras gramaticales y de comprensión que el lector tiene que recorrer son de lo más entretenidas. Por de pronto, hay una gran cantidad de títulos de estas 81 lecturas que, a mi modesto juicio, no tienen absolutamente nada que ver con el contenido de aquéllas. O sea, ¡olvídate de que el título te diga algo de lo que se trata la lectura! A veces será así y a veces no. Por si ello fuera poco, hay unos cuantos títulos que, ellos mismos, parecen una errata, un acertijo, o alguna seña incomprensible del inconsciente de Paul. Por ejemplo, “Un plata NO es todo” (seis meses); “Il se muove” (un año dos meses); “La bebida cola que no cocamina” (dos años); “B, bu, bud…y que viene” (diez y siete años); “¿Creen que se festeja? ¡Noooo! ¡Siiii!” (cincuenta años); “Ponte la tapa y huele una perdiz” (sesenta y cinco años); “Cada ola con oda” (sesenta y seis años); “¡¡Descubrí recién el daltonismo, Noooo Danton!!” (sesenta y siete años). Y así, en general, el lector es llevado (o mejor dicho tiene que dejarse llevar) a través de peripecias a las cuales, so pena de abandonar la lectura, ha de entregarse en un acto de confianza. Claro, a diferencia de lo que hacemos frente a un libro sabidamente difícil, al cual nos entregamos sin entender pero con la esperanza de poder lograrlo en un momento posterior, aquí vale el simple entregarse, aquí el puro entender ha de deponer sus armas frente a la pura confianza infantil, a la aventura de dejarse transformar por la lectura. En palabras del autor, “en este viaje, el tiempo con cada palabra serán una guía para que emprendas el encuentro con tus emociones. La lógica dejará de ser y se transformará en sensaciones y aprendizajes, donde el cariño será tu compañía y maestro” (Prólogo).

Ahora bien, si inspeccionando la forma apenas pudimos dar con una estructura que llamaríamos “lógica” o “matemática” o descubrir alguna repetición uniforme, parece que la búsqueda de algún elemento común que subyazca a estas 81 lecturas es simplemente un anhelo baldío propio de los “amantes de las estructuras formales” (entre los que me clasifico). Y no sólo baldío, sino temerario, desde el momento en que algunas de las lecturas son derechamente caóticas en el sentido de seguir despreocupadamente los derroteros de la libre asociación. Y sin embargo, con porfía, me atrevo a sugerir un elemento común subyacente a todas o casi todas, y a nivel de contenido: todas finalizan con una frase de aliento y esperanza. Si lo quieren de otra manera, en cada una -pese a sus tragedias y obscuridades- se vuelve a ver una vez más el final de Lo que el Viento se Llevó: “lo pensaré mañana”; siempre hay otra oportunidad. Y si todavía lo quieren de otra manera, todas estas lecturas constituyen una especie de rapsodia onírica en torno a los primeros cuatro versos de una canción inmortal:

Gracias a la vida

Que me ha dado tanto

Me ha dado la risa

Y me ha dado el llanto


Tomo estrictamente al azar seis ejemplos, uno por cada parte, de las frases finales de las lecturas. Uds. tienen que leer las otras 75 sentencias finales para gozar de esos “alientos y esperanzas”:



  • AGUA, sexto mes: “pase lo que pase nos amaremos”.

  • EL JARDÍN, un año dos meses: “con amor, observa el tiempo que vives, lo que te rodea y espera, que unos dulces sueños llegarán y te harán más feliz…”

  • EL DESIERTO, diez y seis años: “su cabeza cansada, sobre mi hombro, mi cuerpo sobre nubes”.

  • EL BOSQUE, veinte y nueve años: “mañana por la mañana cuando despierte y la vea, sabré bien lo que hice”.

  • EL CIELO, setenta y dos años: “de veras, de veras, lo único que me importa, es que todos ustedes, sin excepción, sean felices y puedan recordarme algún día”.


¿Cómo quisieran llamar uds. a este elemento común? ¿confianza, fe, esperanza, entrega, olvido, amor? Da igual, me basta indicar que ese elemento común subterráneo sale a la superficie en los finales de todas las lecturas y que deja el sabor dulce de la buena intención; de la bondad misma quizá.


V

¿Quién es el protagonista de todas las peripecias? Nueva sorpresa: a veces es él, a veces es ella, a veces los dos… ¡a veces tres! Veamos. Es fácil suponer que la lectora tendrá la misma sorpresiva e incómoda sensación cuando, a poco mediar una lectura, advierta que el protagonista era un “él” y no una “ella”. Lo mismo me ocurrió a mí, como lector. Paul se encarga de que nunca estemos completamente seguros…de nada. O que aceptemos que la vida (que poco a poco vamos descubriendo como la verdadera protagonista del relato) es, en este nivel que la conocemos, una diferenciación genérica. En palabras simples, que para que haya vida tiene que haber machos y hembras, digo cruzamiento de machos y hembras. Así entonces, el ser que avanza por este tiempo de las lecturas es una suerte de andrógino, un compendio de los dos lados de la vida (cosa que habían maravillosamente expuesto los pintores de la edad media pintando esos Cristos casi femeninos). Compendio que somos todos tal como brillantemente declarara Jung al investirnos a cada uno con una anima y un animus; más bien al encomendarnos la tarea de acogerlos a ambos en la integración de nuestra personalidad: nuestra única tarea, según él. Así, en el caso de un varón, tendrá que acogerse esa anima o como dice Paul, a ese lado femenino que “es como mi hermana. Una hermana, ¿cachai? Sólo que no es mi hermana” (diez y ocho años). Pero hay un tercero, personificado aquí en…el gato. Ese ser misterioso que, al decir de Mafalda, posee la característica de que uno “nunca sabe cómo les va” y que, por si fuera poco, se burla olímpicamente de todo atisbo de respeto por la raza humana: “él no entiende. Camina como si el tiempo no existiera y cómo que no se percata de mi existencia” (el niño, que al año cuatro meses, quiere morder al gato). Pues bien, ese ser, justamente, pasa a ser el compañero inseparable de andanzas, aventuras, penas e intentos. Y entonces, la familia completa de esta madre soltera (que nunca hubo que casarse para ser canal de la vida y que la vida nunca tuvo tiempo para otros ritos que el mutuo amarse) pasan a ser… ¡cuatro! La madre, el/ella y el gato: “cuando el gato pase, de forma rápida y sin que él tenga tiempo y, de alguna manera, haré con que todos los cojines caigan sobre el gato. El gato atrapado estará con una cara de sorpresa y en ese instante, lo aprieto. Listo. Pasó el gato. Cayeron los cojines, pero por otro lado. El gato me mira. Él gana nuevamente.” (tres años: lo hago, lo hago). Bueno, si quieren, ¡cinco! porque el padre ausente también está.


VI

Al principio nombré al tiempo. Lo vuelvo a nombrar ahora, al final, de esta “guía para viajar en el tiempo” que estamos presentando. Lo vuelvo a ver, a pesar mío, como ese gato que “camina como si el tiempo no existiera y cómo que no se percata de mi existencia”. ¿Y si corremos la palabra “tiempo” hacia el principio de esta oración? Veamos qué nos queda: “el tiempo camina como si no existiera y cómo que no se percata de mi existencia”. ¿No les resuena resuena la copla inolvidable?


Recuerde el alma dormida,

abive el seso y despierte,

contemplando

cómo se passa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando


tan callando como el gato, que ha pasado aquí a ser el tiempo mismo de estas lecturas y que “camina como si no existiera” y al cual el niño busca infructuosamente atrapar “sin que él tenga tiempo”, eternamente, dejando al tiempo sin tiempo. Y sin embargo ha existido detenido, ¡oh paradoja! en esos 81 momentos que hacen nuestro viaje. En cada uno de ellos como un todo, que se da de una vez o no se da en absoluto, como “la lluvia en el rostro mojado de quien amas” (Prólogo). Es curioso, se pueden dividir, pero acaecen con toda su complejidad en un solo momento unitario. Es la paradoja del tiempo que más me gusta y con la cual quiero finalizar esta presentación. No poseo la genialidad de haberla inventado ni descubierto. Lo hizo un grande, William James, cuando afirmó en resplandeciente intuición que “la corriente de la experiencia” se componía de gotas de experiencia, de pequeñas totalidades complejas con un resto de pasado y preñadas de futuro. Es así como veo cada una de las lecturas tansformadoras de Paul, como gotas de lluvia y lágrimas (y no olviden que hay, cuando menos, lágrimas de pena, de alegría y de rabia); como gotas que van formando, silenciosamente, ese río al cual somos impelidos a navegar; ¡cómo si pudiese olvidarse que vamos navegando!: “siempre sabemos que estamos, mismo sin estarlo. ¡Así fue siempre, durante todo el tiempo!” (noventa y tres años: Por arriba de las nubes).


Santiago, 25 de Octubre 2006,

A 89 años de la toma del Palacio de Invierno.

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