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La pena por el duelo. Parte I

By 9 marzo, 2020 marzo 16th, 2020 No Comments

Grief 3

 

Lo que no tenemos y tenemos


Para la gran mayoría de nosotros, cuando vivimos ciertas experiencias llegamos a creer que nos pertenecen, y pasan a ser parte de nuestra memoria, incluyendo aquellos elementos que constituyen el contexto y la experiencia misma. Entonces, si alguien va caminando por una ciudad, los árboles, las calles, las casas, y las personas que ve en su trayecto conforman el contenido que ingresa inicialmente a la memoria temprana y que luego pasa a la memoria de largo plazo.

Cabe señalar que la memoria de largo plazo puede sufrir “modulaciones” por la inclusión de nuevos elementos pertenecientes a la situación específica y otros que no estaban presentes anteriormente, o creencias nuevas o antiguas que dejan de existir y son reemplazadas. Por ende, la memoria de largo plazo podría sufrir transformaciones en relación al registro y sentido de pertenencia de los elementos ahí constituidos.

Si revisamos las relaciones que tenemos con otras personas, con frecuencia decimos y escuchamos cosas como: “ella es mi mejor amiga” y de hecho, es muy común decir “tengo un amigo que…”. En este caso de “amigos(as)” se hace evidente el sentido de pertenencia inconsciente en la estructura de lenguaje.

Igualmente podríamos extender esta idea cuando se dice “tengo dos hijos”, “tengo un/a esposo/esposa”, “tengo dos abuelos”, “todavía tengo vivos a mis padres” o “ya no tengo vivos a mis padres”, “tengo un buen trabajo”, “tengo una casa”, etc. Y lo decimos de ese modo, aun cuando podríamos decir “trabajo en XY”, o “me importa ese trabajo y no quiero perderlo” (por lo tanto, lo tengo).

Dentro de esa perspectiva podría afirmar que para la persona existe una escala de valores con ciertas reglas de selección, que le funcionará de forma inconsciente en aquellas cosas que tiene, dándoles un rango de prioridad e importancia en la estructura de su vida. Por ejemplo, tener una casa es más importante que tener un libro, y perder un familiar querido podría ser más importante que tener o no tener una casa.

Probablemente usted debe haber escuchado la frase “daría todo lo que tengo para tenerlo(la) de vuelta”. Sin duda, esta escala de valores es totalmente subjetiva.

Igualmente podríamos considerar una cierta predicción de lo que ocurre, dependiendo de la cultura donde se encuentra la persona. En efecto, muchas personas en situaciones de crisis no vacilarían en la decisión de vender su casa para obtener dinero con el objeto de salvar la vida de un familiar querido, y así pagar el alto costo del tratamiento médico, pues comparan el valor pecuniario de la casa con el valor afectivo del amor que sienten por su ser querido. Por supuesto, en este caso me limito a América Latina, donde la situación de salud no está resuelta y ejemplos como este abundan.

Algunas personas jugamos con los niños a decirles: “¿y de quién es este juguete?”, y el niño o la niña contesta: “¡Es mío!”, y los adultos se ríen de la respuesta. Usted se puede imaginar que una vez ya establecido y “anclado” ese mecanismo de posesión o pertenencia desde la infancia (que por supuesto, después es negado de forma sistemática durante gran parte de la vida), frente a la muerte o pérdida de alguien, frente a una separación, la pérdida del trabajo o de afectos, existirá una consecuencia psicológica. La consecuencia manifiesta, debido a la ausencia de lo que ya no hay o “no se tiene”, o la pérdida en sí, se expresa muchas veces por medio de una profunda emoción de dolor.

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