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Las pastillas de la vida

By 15 octubre, 2019 No Comments

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Cuando cumplió 40 años él se acordó de que su papá siempre le decía lo importante que era tomar vitamina C. Nunca le había hecho caso en eso ni en muchas otras cosas importantes. Simplemente ignoraba todas sus recomendaciones.

“¿Por qué?”, se preguntaba. Y la respuesta era “solo por ser contreras”, pues mis hermanos sí seguían sus consejos, pese a que el papá no fuera un ejemplo de éxito –aunque en esos casos, lo que corresponde decir es que era una “buena persona”.

Le cargaba decir eso, “mi papá era buena persona”.

Su padre solía decirle que Linus Pauling –ganador del premio Nobel– había experimentado consigo mismo tomando una dosis específica de vitamina C diaria (le parecía que algo cercano a los 500 mg, aunque podría haber sido más) durante diez años, y que en ese periodo nunca se había resfriado ni enfermado. Una especie de Superman, sin problemas de kriptonita. Pero su papá decía tantas cosas… y él estaba cansado de eso.

A su esposa también le encantaban las vitaminas. (A él no le gustaba decir “mi mujer” a pesar de que sus amigos lo criticaban cuando lo escuchan decir “mi esposa” y le comentaban que al usar esa palabra demostraba que era de otra clase social y que eso no le correspondía. Pero él contraargumentaba que si así fuese, la mujer tendría que decir “mi hombre” y, al instante y con desdén por los miles de años de desarrollo social, mostraría lo cavernícola, ignorante y mal educado que era. Qué lástima tener amigos “cuicos” que no saben que son mal educados y que confunden “educación” con ser “roto”. ¿Es muy loco? Estoy cansado de eso también, se decía…)

Bueno, no es que ella fuera a tomar cualquier vitamina, como esas que traen de la India y que son… él no se acordaba si eran biodegradables o bioequivalentes, pero sabía que a ella le gustaban las más caras y sofisticadas.

Claro, ella pensaba diferente y no es que le importaran demasiado las vitaminas, decía, pero de acuerdo a los perfiles bioquímicos que se hacía de forma preventiva por requerimientos de médicos especialistas, necesitaba ciertos suplementos y confiaba más en la calidad de los productos europeos que en los de países con “otros orígenes”. “Cosa de gustos y preferencias”, decía ella. “Cosa de lucas”, le decía él, pues si no las tuviera, no andaría con esa cosa arribista.

Él nunca había creído mucho en las vitaminas ni tampoco en ir a los doctores. Decía a todos: “ellos no saben nada de nada. ¿Para qué voy a perder mi tiempo?” Pero ahora, después de los cuarenta, comenzaba a reflexionar que tal vez era un buen momento para reconsiderar ciertas posturas.

Volvió a recordar a su papá, y le vino la imagen de él tomando una veintena de pastillas para el desayuno. En ese entonces pensaba que eran una especie de alimentación alternativa y no un suplemento para aminorar y evitar futuros bemoles que pudieran aparecer.

Se dijo que lo mejor era empezar a hacer musculación, pues así transformaría eventuales imperfecciones en su cuerpo –producto del abuso reiterado y desmesurado de pastas y todo tipo de comida italiana–, en contornos varoniles que se apreciarían para compensar aquello que estaba perdiendo. Después pensó que debía complementar esto con una dieta para levantamiento de pesas, pues de esa manera se notará pronto que estoy más fuerte y que tengo mucho más vigor. Se dijo también, “nunca se sabe a quién le gusta el vigor” y terminó con: “mejor le pregunto a ella qué opina sobre esto a lo que he estado dándole vueltas”.

Entonces la llama y ella a la primera no lo escucha, pues está viendo una película con su hija en el segundo piso y el volumen está súper fuerte. Le vuelve a gritar y ahí ella le responde desde arriba “¿Qué quieres?”

Él le dice que quiere hacerle unas consultas sobre salud. Ella le responde sin moverse y con el modito que usaba cuando estaba molesta “si acaso él la estaba hueveando”. Ahí él, medio complicado, le asegura que no, que es algo serio, y que está preocupado.

Se oyó desde abajo que ella le comenta algo a la hija y esta reclama por bajarle el volumen a la tele, y en cuanto se sienten sus pasos bajando la escalera, se volvió a escuchar la tele incluso más fuerte que antes.

Una vez que ella está frente a él le pregunta “qué quería”. Él la mira con aire cansado por la situación y le responde que le gustaría saber qué vitaminas cree que debiera tomar para sentirse bien después de los cuarenta. Ella, incrédula y con mucha ironía, le respondió si él piensa que ella tiene cara de Google. Añade que le parece insólito que se lo pregunte a ella, que él odia a los médicos, remedios y vitaminas, y que siempre ha dicho que son cosas de gente ignorante que no saben nada de nada, de ladrones y mercaderes. El le replica diciendo que bueno, que era cierto, pero que lo había pensado y… podría ser que ahora le empezara a dar algo de importancia.

Ella con voz socarrona le dijo que nunca se había tomado nada en serio… por qué ahora tomaría las “vitaminas” en serio… Y él le recuerda que cumplió 40 años. Ella le reconoce que es cierto, pero ya hace cuatro meses que estuvo de cumpleaños, aunque acepta que es lento para entender las cosas.

Entonces ella, mostrando apoyo y cariño, le dice, “pero mi amor, ¿por qué primero no vas a un médico como todo el mundo y te haces un chequeo?”

Él le respondió con rabia que no iría donde esos ignorantes. Ella, cansada con estos diálogos, le dijo buscando terminar la conversación y volver con su hija, que no entendía, pues le había pedido una opinión sobre algo, que ella sinceramente creía que le haría bien, y que por este tipo de cosas además necesitaría hacerse alguna terapia o trabajarse con un coach.

Con esas palabras, él explotó y le dijo:

– ¿Qué te pasa? ¡Te pregunto algo básico y estúpido como qué pastilla debo tomar y me mandas al psiquiatra!

Ella, no solo molesta sino también muy humillada por la rabia y violencia verbal de él, le responde:

– A ver… si es tan estúpido, ¿para qué me lo preguntas entonces? Y mira, perdóname, pero lo que te dije son cosas diferentes, ahí lo que necesitas es tratar tu ignorancia.

Para él, ¡esto fue una declaración de guerra! ¿Quién se cree que es? Él es un profesional exitoso, respetado por lo que logra para su empresa, mantiene la casa, la gente le teme por todo lo que sabe… ¡Y ella lo llama ignorante!

– Era lo que me faltaba ahora, tener que aguantarte con ese airecito de “he hecho un curso de coaching y ahora ya soy una coach certificada por HCN World y sé todo sobre la verdad”… Ahhh.

Ella estaba realmente harta y no quería seguir esta discusión, muy parecida a tantas otras, así que le dijo:

– Muy muy buena. Aplausos. Y te lo acepto, me gustó esa: yo dueña de la verdad y tú de la ignorancia.

Él se dio cuenta de que se había pasado de la raya, y con cara de perdón, pero sin pedírselo, le volvió a preguntar:

– Y bueno… ¿Me vas a decir qué debería tomar?

– Toma vitamina C y haz lo que te había dicho tu papá.

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