CuentoEstructura del Pensamiento

Lo que corresponde

By 25 noviembre, 2019 No Comments

Pereza

¡Ay, qué pereza!— decía él cada vez que debía hacer algo que no le gustaba.

El problema mayor no era ese, sino que había demasiadas cosas que no le gustaban.

Sus amigos lo consideraban “buena persona” y “tranquilón”, pero lo decían por cariño, ya que en realidad lo encontraban “enfermo de flojo” o “flojo a morir”.

Lo suyo era hacer nada productivo o mirar televisión por horas. Su madre creía que eso se debía a su naturaleza, pues desde chico siempre prefería quedarse adentro que jugar afuera con otros niños. En el colegio, cuando otros chicos y chicas iban a fiestas, él se quedaba en casa viendo televisión.

Le gustaba ver las noticias, el informe del tiempo, los programas matinales, las teleseries de la tarde, las películas nocturnas, las comedias y, principalmente, el fútbol, incluso partidos entre equipos desconocidos de países extranjeros como España, Inglaterra o Alemania.

Le había costado mucho encontrar trabajo, pues no había terminado su carrera y sus padres no insistieron con que siguiera estudiando, ya que también lo daban por un caso perdido.

Había conseguido un empleo como portero en un edificio llamado Guaracy, donde trabajaba cinco días y medio por semana, donde su labor consistía esencialmente en vigilar y cuidar.

El trabajo en el edificio “no era difícil”, pues solo debía ocuparse de que la propiedad no tuviera sobresaltos de intrusos, ser amable con los residentes y calmar a las personas mayores que siempre pensaban que alguien les estaba robando o engañando y que bajaban con frecuencia a decirle que tal o cual persona, que habría sido su Asesora del Hogar, era una ladrona ¡Una criminal! Estas le decían también que si esa o tal persona volviera, que les avisaran de inmediato para llamar a la policía.

Este tipo de escenas no eran tan comunes, pero una que otra vez se daba que la exasesora volvía a buscar alguna cosa olvidada y listo, estaba declarada la guerra mundial. Él odiaba esa situación, pues le impedía ver sus programas tranquilo.

Recién llevaba su primer mes en el trabajo y empezaba a conocer a gran parte de las personas, lo que significaba un esfuerzo, puesto que en el edificio había ochenta y cuatro departamentos de distintos tamaños, dispuestos en veinte pisos.

Para su suerte, el portero anterior ya había institucionalizado el permiso de tener un televisor pequeño sobre el escritorio de recepción, lo que, para ser sincero, fue el punto más fuerte para decidirse por ese trabajo.

Los días pasaban plácidos en el trabajo –como le gustaba a él– donde ya se empezaba a hacer su propia rutina de saludar de forma educada y cordial a las personas que entraban y salían, pero nunca tanto para que le hablaran mucho, pues en ese caso se perdería alguno de sus programas.

A veces tenía que levantarse de su asiento para abrir la puerta a alguna persona que venía muy cargada con paquetes, lo que le molestaba un poco, pues se veía obligado a despegar los ojos de la televisión.

En otras ocasiones se veía interrumpido por alguien que venía con una entrega –cartas privadas, encomiendas, regalos, compras– y debía hablarle, dígase para él, “darle la lata” y sacarlo también de su actividad favorita.

Su padre lo visitaba de vez en cuando en el edificio, pues trabajaba como jardinero en un par de casas cercanas, aunque eso sí le daba mucho gusto, pues le tenía gran cariño a su viejo.

Hasta ahora no había visto a nadie que le llamara la atención en el edificio, aparte de la chica morena que trabajaba para la señora más antipática de todos los residentes.

Ella bajaba con frecuencia para contarle cómo la señora la maltrataba y también para pelar a su novio y hablar de lo tonto y desconsiderado que era, y le decía que lo único que quería era encontrar a alguien tierno y cariñoso.

Al inicio esas conversaciones le molestaban, pues, por lo general, se daban a media mañana, cuando él veía un matinal que lo hacía reír mucho y no quería perderse los comentarios.

Poco a poco, esas conversaciones se transformaron en un evento esperado y ella, de un momento a otro, ya no le era indiferente. La empezó a ver como una posibilidad para establecer una relación por primera vez, pues hasta ahora nunca había sentido la necesidad ni las ganas de aventurarse a conocer a alguien.

Para él, a pesar de ya tener veintiséis años, el sexo era un misterio en “el hacer”, aunque muy familiar en el “ver”, y como consecuencia en la masturbación, ya que había visto muchas películas donde se mostraba y pasaba de todo.

Y basándose en las películas que conocía, fantaseaba en su mente con estar con ella, sin tener que hablar de su pareja, solamente ahí, viendo televisión juntos y ella desnuda.

Los días pasaban y él percibía que a ella también le sucedía algo, pues ya no solo le contaba cosas de su pareja y de lo pesado que era con ella, sino también le empezaba a comentar qué ocurría o no en la cama, y aprovechaba de describir lo que a ella le hubiera gustado que su pareja hiciera.

Un día ella le contó que había terminado su relación, pues su expololo se había puesto muy violento, había intentado agredirla, y a ella le dio mucho miedo seguir con él, así que prefirió mandarlo a la cresta, pues “quién se creía que era ese concha de su madre».

Él sintió que ella estaba muy apenada y con mucha empatía la consoló. Le dijo que estuviera tranquila, que ya aparecería alguien de su total agrado –pensando, claro, “ese de su total agrado soy yo”.

Ella, mirándolo con dulzura, le dijo: “Es cierto. Deberé tener paciencia, pues no es fácil encontrar a alguien con quien uno se entienda bien, como nosotros, y que además esté dispuesto a seguirme y darme cariño”.

En ese momento a ella se le iluminó la cara y le preguntó, como al azar, cuándo tenía su día libre, a lo que él respondió que sería este domingo próximo.

Entonces, él le preguntó lo mismo y ella le dijo que también tenía justo este domingo libre –lo que no era verdad, pero confiaba en que podría conseguir una salida si se lo rogaba a su «patrona».

Hubo un silencio cómplice, donde ambos sabían lo que debía ocurrir, pero ninguno se atrevía a dar el paso, hasta que ella habló:

– ¿Te gustaría salir conmigo este domingo que viene?

Él, de forma muy reflexiva y cariñosa, le respondió:

– Me encantaría, pero justo el domingo pasan en la televisión un especial del campeonato español de equipos de segunda división, así que no puedo.

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