Lo que se es

No es que le importara poco su apariencia o cómo lucía… ¡Eso era todo para ella!

Sabía que no era una belleza natural, pero siempre decía:

— ¡Ay, cómo sé sacarme partido!

Y efectivamente siempre se veía preciosa, pues además tenía un gusto exquisito para vestirse, maquillarse y peinarse.

Eso sí, no le gustaba ser tomada por superficial. ¡Todo lo contrario! Buscaba ser percibida como “intelectual”, pero ¡con estilo!

Ese día iba a tomar un café con una ex-colega de la universidad, quien la había contactado porque estaba desempleada. Otro efecto colateral de la transformación digital.

Como tantas veces, se le ocurrió juntarse en el “Café del Grano”, pues le encantaba ese lugar.

Al llegar, se percató de que su amiga estaba algo descuidada, con ojeras, las manos medio sucias, y se veía afligida, a pesar de la alegría que quiso aparentar con una sonrisa abierta y llena de significados.

Después de saludarse con cariño, hicieron un recorrido por caminos comunes, hablando de cómo estaban algunos amigos, amigas y excompañeros, cómo estaba fulano y fulanita, y así estuvieron un buen rato repasando recuerdos y anécdotas.

De repente, sin saber muy bien por qué razón, le preguntó a su amiga de forma tajante, como si sospechara que algo le ocurría, o tal vez porque a las personas siempre les ocurre algo:

– Y… ¿Cómo estás tú realmente?

La amiga la miró, le regaló la misma sonrisa abierta que cuando llegó, cerró los ojos, hizo una mueca, tomó aire, y empezó a llorar con espasmos.

Entonces ella le dijo a la amiga que lo sentía mucho, que entendía las emociones que la estaban afectando, pero que mejor parara de llorar, pues se le podía irritar la cara y eso no la ayudaría nada a mantener su belleza y menos a solucionar los problemas.

La amiga la miró y le dijo de forma sencilla y concisa:

— ¡Ándate a la misma mierda!

A ella, que no estaba acostumbrada a este tipo de lenguaje y, menos de una supuesta amiga, le resultó muy chocante escucharlo, hasta agresivo, pues hacía ya un buen tiempo que no la mandaban a ninguna mierda, menos a la misma.

Entonces, ella le dijo a la amiga que hablar con garabatos estaba “démodé” y que el lenguaje artesa cuico ya no se usaba, pues no tenía “punch” ni efectos en nadie, aparte de mostrar su limitación lingüística y desconocimiento de sinónimos. Incluso por qué no decir que su estructura de pensamiento era en sí tosca.

O sea, le dijo, eres así, tosca. Tos-ca.

— ¿Cachai? ¿No te parece horroroso?, añadió.

La amiga, que no entendía qué pasaba, le dijo a ella que si creía que podía hablarle así porque tenía más dinero, o porque tenía mejor facha ahora, aunque en realidad debía arreglarse tanto para no verse la cara de culo, ya que le daba miedo mirarse en el espejo al natural. Agregó también que se fuera a la cresta; y acto seguido le dijo “mejor me voy”.

Ella, más que rápido, sujetó a la amiga por un brazo, consciente de que la había ofendido, pero no muy clara con qué. Le pidió perdón y le dijo que, por favor, se quedara, que no había querido ofenderla, y que era muy bruta para decir las cosas, ante lo que su amiga estuvo de acuerdo y por eso decidió quedarse.

Ella le dijo a la amiga que sabía que había tenido problemas y que había estado acompañándola en su mente, a pesar de sentirse extraña porque la llamara justo en momentos de problemas. En realidad, no sabía cuándo había estado bien en la vida… pues, para ella, su amiga siempre había estado mal, con problemas, o con alguna cosa grave aquejándole.

La amiga le agradeció las palabras, le pidió disculpas por haberla mandado a la mierda y a la cresta, que se olvidara de lo que dijo acerca de que lucía como el culo, para después agregar “bueno, hay culos y culos”, y le confesó con emoción que ella siempre había estado en su corazón. Que tenía recuerdos del aroma de esas noches de invierno en que estudiaban juntas, cuando, para quebrar el estudio, ella les preparaba un vino navegado. Le dijo también que con lo que estaba viviendo le costaba mucho encontrar las palabras correctas, y por eso a veces perdía el control con la emoción que la asaltaba.

Ambas hablaron de sus sueños, de los que cumplieron y de los que no cumplieron. Hablaron de las familias que querían y de las que no querían.

Se confesaron que haber estudiado en la universidad las había ayudado bien poco en la vida y que les habría gustado aprender a tener la mente abierta para poder usar mejor la tecnología, ya que cada vez las sorprendía más.

Ahí pasaron al tema de la vida personal y de sus respectivos maridos.

Recordaron esa salida al Bar de Luis, cerca de la universidad, donde cada una estaba con un chico, y que después ella se había quedado justo con el otro chico –el que era pareja de la amiga esa noche– y que ahora que era su esposo podía decir que salió muy bueno para los negocios y un gran emprendedor. En cambio, el esposo de la amiga –el chico que en esa salida la acompañaba a ella originalmente–, nunca había logrado nada, le había dado por tomar, por la droga, y era súper flojo, se pasaba mirando fútbol y criticando a los tipos que ganaban millones de Euros.

Ella le dijo a su amiga que se había dado cuenta en ese mismo momento que su cita de aquella noche iba a ser un “cacho” como pareja, en cuanto que el otro iba a ser un gran partner, para hacerla crecer y salir adelante, y que ambos habían sido un gran apoyo el uno para el otro.

Entonces, ella le preguntó a la amiga:

– Y … ¿Cómo es que tú no te diste cuenta de eso y te casaste con él?

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