CuentoEstructura del Pensamiento

Los pastelitos

By 6 agosto, 2019 agosto 12th, 2019 No Comments

Pasteles

Desde chica le había costado muchísimo resistirse a los pasteles. Era del tipo rellenita-bonita y su cuerpo le permitía hacer esos desajustes, se decía ella, como para tranquilizarse y no sentir culpa.

Sus papás opinaban que los pasteles, mejor dicho “los pastelitos”, eran deliciosos y que no existía nada mejor que acompañarlos con un té con leche.

En las tardes, cuando llegaba del colegio, corría de alegría hacia la casa, pues sabía que compartiría con sus papás una rica “oncecita”. Todo era chiquitito, menos las porciones de marraquetas, hallullas, tortas, sopaipillas y dulces chilenos que comían.

Ya de adulta trabajaba en una tienda como vendedora y se escapaba rápidamente al final de la jornada tan pronto podía, pues sabía que sus papás la esperaban.

Ellos le preguntaban, entre hallulla y pastel, cómo le había ido en el trabajo y si había pasado algo nuevo.

Ella ya no les preguntaba nada sobre sus rutinas, porque sus papás veían televisión el día entero, y sabía que cualquier conversación giraría en torno a lo que pasó con tal o cuál teleserie, que ellos llamaban “la comedia”, pues antes escuchaban programas en la radio que sí eran comedias.

Fue probablemente en su cumpleaños número treinta y siete cuando notó un cambio en ellos. Un cambio nada sutil, que resultaba imposible ignorar: a la hora de onces, ellos comenzaron a preguntarle si había algún muchacho que le gustara.

Ella se sintió bastante complicada con el tema, no porque no le gustara nadie, sino por la invasión a su privacidad y, por qué no decir, a su vida sexual.

Bueno, pensaba ella, son viejitos, no tienen mucho en qué pensar. Además, soy su única hija y, por eso mismo, qué puedo hacer…

Pero las preguntas se hicieron más frecuentes y con un dejo de ironía que le empezó a molestar.

Ya no era solamente qué pasaba en el trabajo o si le gustaba alguien, ahora también querían saber si había salido con algún hombre, y además insistían en la idea de que ella se independizara y tuviera hijos, pues querían nietos.

Ella pensó que esto ya se había pasado de lo aceptable y meditó profundamente cuál sería la mejor forma de expresar su incomodidad, aunque no sabía cómo hacerlo sin enojarse ni pelearse con ellos.

Entonces se le ocurrió que podría llegar un poco más tarde para evitar tomar esas onces-comidas y así cortar de raíz la posibilidad de que ellos la interrogaran acerca de temas íntimos.

Grave error.

Ellos comenzaron a esperarla, para que la niña no se quedara sin comer, y le dijeron que entendían si su demora se debía a que tenía más trabajo o a que estaba viendo a alguien y no les quería contar.

Pero le advirtieron que esos hombres que solo se reúnen después del trabajo suelen estar casados, aunque a ellos no les importaría demasiado en el caso de que él tuviera buena situación y les dieran nietos.

Cuando ella escuchó todo lo que le dijeron se puso furiosa, cambió de color, y casi no pudo respirar, pero ya era motivo de orgullo personal y no les daría el gusto de mostrarles que estaba harta de sus intrusiones.

Entonces se le ocurrió que podría ir al cine después del trabajo, o a comer algo no muy caro en otra parte, y hacer hora hasta que ellos se fueran a acostar, entrar sigilosamente para no encontrárselos y así evadir que le preguntaran tonteras.

Una noche en que estaba haciendo hora, comiendo un sandwich en el Dominó, se preguntó por qué se molestaba tanto con el asunto de los interrogatorios de sus papás, y la primera respuesta que se dio fue:

– ¡No confían en mí! Me ven como una cabra chica.

Pero algo dentro de ella gritó y le dijo fuerte NOOOOOOOOOO. ¡No es eso!

Ella, muy sorprendida, se preguntó entonces ¿qué podría ser?, tal como lo hacían sus papás…

Ahí mismo se dio cuenta de lo que era, y supo que, en realidad, la pregunta de sus papás simplemente no tenía respuesta.

Dejar un Comentario

EnglishPortugueseSpanish