Estructura del Pensamiento

Miedo, sospecha y estupefacción

By 14 mayo, 2019 No Comments

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A él no le resultaba fácil salir con chicas ni tampoco tener amigos y amigas.

A ella sí le resultaba muy fácil salir con chicos y tenía muchos amigos y amigas.

Desde chico sus papás le habían exigido un alto rendimiento en todas las áreas de su desarrollo y le decían que si no lograba excelencia, sería un don nadie en la vida. Como consecuencia, le fue muy bien en el colegio, en la universidad, y en el trabajo.

Tanta exigencia lo hizo sentir siempre en falta o en deuda con todo el mundo, lo que no era tan bueno cuando se encontraba con alguien, pues se decía “seguro que esta persona logra muchas más cosas que yo, mira cómo es tan inteligente, cómo sabe tantas cosas… a mí me gustaría ser como esa persona”.

Entonces, entraba en un círculo de autocompasión al reconocerse tan poca cosa, alguien que no estaba a la altura de nadie, y que se sentía solo, sin cariño ni amor.

Desde chica sus papás le dijeron a ella que era lo máximo. Que independiente de quién fuera, siempre sería amada por ellos y que lo único que importaba era que fuera feliz. En realidad, no fue muy buena alumna en el colegio, apenas entró a la universidad –no de las mejores–, y su trabajo e ingresos económicos estaban solo en el nivel de lo aceptable, pero siempre había sido muy feliz.

Se conocieron en el trabajo, y ella, siempre tan sociable, no se dio cuenta en qué momento le interesó ese extraño personaje.

Al comienzo él le causaba un poco de miedo, pero era un miedo raro, una combinación de pena y curiosidad, junto con el cariño que le infundía el verlo tan solo.

Cuando ella empezó a conversarle, de inmediato él entró en pánico, pues no era normal que una mujer le hablara con esa mirada y esa ternura. Pensó, “aquí hay gato encerrado”, debía sospechar cuáles serían las reales intenciones de ella.

Pasaron las semanas, pasaron los meses.

Gracias a ella y al contacto que mantenían, las barreras que él tenía para estar con otras personas, y que lo hacían sentirse “menos”, fueron derribadas.

Eso sí, lo desconcertaba el no saber qué había ocurrido consigo mismo, pues ya llevaba un año almorzando todos los días con ella, se sentía valorado, y tenía una extraña sensación de bienestar y de éxito.

Los días sábados para él eran especialmente apreciados, pues le gustaba no tener nada que hacer aparte de ir a dar unas vueltas en bicicleta o salir a correr por las calles y, por supuesto, pensar todo el tiempo en ella.

Ese día sábado él la llamó relativamente temprano –a ella le gustaba dormir hasta cerca de las diez los fines de semana–, y la invitó a almorzar.

Ella de inmediato respondió que sería un gusto, que no tenía planes e iba a almorzar sola en su casa, y que le encantaba la idea de salir con él ese día.

Cuando llegaron al restaurant, la recepcionista los llevó a un sector donde solo habían parejas. Desde ese lugar tenían una vista muy linda hacia afuera y él percibió que ella estaba feliz.

Trajeron las bebidas, después comieron los platos que habían decidido para la entrada y más tarde terminaron cada uno su plato principal.

Fue entre el plato principal y el postre que ella lo miró fijo a los ojos y le dijo:

– ¿Qué esperas para pedirme que estemos juntos?¿No te parece que ya es hora de que cambiemos esta forma de vivir? Para mí es suficiente de todo esto y creo que me merezco que tomes la iniciativa y hasta me digas que me amas. Además, deberíamos mudarnos para compartir nuestras vidas. ¿Qué dices tú de todo esto?

Entonces él la miró fijo a los ojos, sonrió, y le dijo:

– Gracias por plantearlo así, yo jamás me hubiera atrevido a tomar la iniciativa sin tu ayuda.

¿Quieres vivir conmigo?

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