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A pesar de que ya tenía sus buenos años, él seguía teniendo cara de bebé.

Cuando le preguntaban su edad, la decía con orgullo, pues después siempre venía esa frase de asombro:

– “¡Es que no lo representas!”

Desde temprano le había gustado que en su casa lo trataran como a un bebé. Aunque no era el menor de sus hermanos –era el segundo de cuatro– todos siempre lo consideraron “nuestro bebé”.

Esto le hacía sentirse querido y amado. Además, para qué estamos con cosas, se decía a sí mismo que a estas alturas de la vida resultaba bastante útil, pues mucha gente se preocupa por ti y te cuidan.

Por supuesto, su pareja, a quien él amaba mucho, lo trataba y atendía con mimos propios de una mamá que cuida a un niño.

Un día en el trabajo se enteró de que unos colegas comentaron algo que a él no le había gustado para nada, y que además lo perjudicaba en sus ingresos.

Dijeron que él no tenía competencias de liderazgo, pues había que estar cuidándolo de todo (¡casi como a un bebé!) y preocupándose de su persona, y que si había alguien que jamás podría acceder a una gerencia para llevar adelante la empresa, ese era él.

Le pareció duro enterarse de lo que decían, pero al mismo tiempo, se hizo cargo de ese comentario, pues lo pensó bien y era bastante cierto.

Durante toda su vida le había resultado cómodo proyectarse como una persona frágil, de temperamento “volátil” y con cierta dependencia emocional, aparte, pensó, que su cara de bebé no ayudaba para nada.

Se dijo a sí mismo que no había nada que no pudiera cambiarse en términos de percepción y se dispuso a llevar a cabo un plan donde mostraría otro lado de su yo.

Partió por dejarse crecer barba y modificó también su manera de vestir. Cambió la inflexión de la voz, empezó a hablar casi gritando, e incluso ahora decía las cosas con cierta agresividad.

En las reuniones daba opiniones taxativas y con un ímpetu nunca antes visto. Cuando era necesario hacer algo, él se ofrecía y ya no pedía ayuda, ni aceptaba que alguien trabajara junto a él para sacar adelante proyectos. Todo lo hacía solo.

Otra gran cambio es que ahora no aceptaba nada de nadie y estaba permanentemente en contra de cualquier cosa que se planteara, solo con el objeto de ser considerado de modo diferente a un bebé.

Después de un año, tanto las personas cercanas que más lo querían como sus compañeros de trabajo percibieron un cambio.

Esa transformación fue mucho más notoria en el trabajo, donde finalmente decidieron despedirlo, pues nadie aguantaba más sus berrinches y pataletas.

Fue el mismo Gerente General quien tomó la decisión. Ya no era bienvenido en la empresa, pues se lanzó a discutirle por una tontera a la que solo un niño chico (¿o un bebé?) daría importancia, faltándole el respeto en un acto desubicado y sin sentido, exclusivamente para mostrar que él tenía opinión, sin considerar que ese no era el momento, ni el tema, ni la persona con quien hacerlo.

Cuando el equipo de colegas se despidió de él, le dijeron que era una pena que eso hubiera ocurrido, y que ojalá algún día creciera.

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